Anoche mi hijo soñó que su familia éramos
prehistóricos- Vivíamos en la cueva y tuvo la pesadilla de que nos comía un
dinosaurio tipo carnotauro. Me acordé de algo que hacía yo cuando era pequeña:
cambiar la dirección de una pesadilla, con los mismos actores y situación me
inventaba una historia mejor y pensando en ella me dormía consiguiendo
"desactivar" la pesadilla.
Esta semana le han pedido a mi hijo que escriba un
cuento, con la única condición que empezara "Érase una vez una familia"... Mira
que hoy día hay muchos tipos tipificados, no como antes que sólo había la
familia tradicional...Tenemos también la monoparental y la homosexual.Pero, ¿a qué nunca se os habría ocurrido otro tipo de
"familias"?
Aquí os dejamos una transcripción del cuento de Fede, para el que no lo lea bien ¡¡¡
"Érase una vez una familia de monos y al hijo le gustaba saltar de rama
en rama. A las dos y media cada uno se comía 3 plátanos. A las cinco
iban al circo porque trabajaban allí. El hijo saltó y aterrizó en la
cabeza de un señor del
público y salió un payaso para atraer al mono.El mono saltó a la cabeza
del payaso y el payaso corrió por todo el circo. Entonces entró el
domador de monos, que era un señor con barba y unos zapatos muy
elegantes y se llevó el mono entre los aplausos de todo el público.
Fin"
Esta semana me he permitido colgar un trozo de blog de
mi hijo. Será porque soy madre... Me pareció gracioso que sugeriéndole que
escribiera un cuento sobre la familia, lo hiciera sobre una familia de monos...
¿¿Tendrá algún sentido "freudiano"??Dios mío... Entre
la Prehistoriay los monos, me siento retroceder,
simplificarme.Pero tampoco es malo.Me acuerdo que
en los trabajos que hice para sentarme delante de una cámara y actuar, uno de
los ejercicios era hacer el mono.Como lo oís. Con su ruido y
todo. No sabes lo divertido y desinhibidor que es. ¿A que no
hay?
Feliz semana y disfrutad todo lo que podáis y os dejen.
Estaba yo trabajando esta misma mañana,
googleando entre casas de subasta y bases de datos, leyendo sobre el IVA y
poniéndome al día en asuntillos varios cuando llegó prudentemente Teresa y
pidió permiso para limpiar la oficina.
-Claro Teresa, pasa, estás en tu casa.
Teresa es una señora encantadora y más o
menos de mi edad, que vale su peso en oro, mantiene todo reluciente y lo hace
además siempre con una sonrisa en la boca. No sé muy bien como paso, pero según
limpiaba una de las estanterías comenzó a contarme la nueva manualidad que
había hecho.Yo, con educación y de
verdad con interés la miré y escuché.
-Estoy haciendo una teja, que le he
pintado una puerta y unos arbolitos y tiene... y además lleva... y...
- Que monada Teresa, yo de esas cosas ni
idea...
- Si, la verdad que me está quedando muy
bonito, porque antes ya había yo modelado con pasta de sal, porque conozco todo
tipo de pastas y he modelado y he pintado una mariposa con las alas en tres
dimensiones y además coso y he hecho un
tapiz de un indio, pero bastante grande, que lo he enmarcado y todo para que no
se llene de polvo... y se... y hago... y...
Yo la miraba sonriente y alucinada. De la
explicación de la última manualidad había pasado sin comerlo ni beberlo a las
texturas de las masas de modelar, el tiempo de cocción de cada una de ellas
pasando por la pintura en la cerámica, que no creáis que es fácil, hay que
utilizar pinceles de marta, el animal, me lo aclaro efusivamente mientras yo
trataba de concentrarme y de conseguir enviar algún mensaje.
Me contó también como se hacen los
tapices, no se conformó con contarme que los hacía, también me contó cómo y os
aseguro que después de esa detallada explicación, creo que soy capaz de incluso
dar yo las clases del bordado de tapiz. Ella seguía hablando mientras subida a
una escalera limpiaba la lámpara de techo y cambiaba de tema con una naturaleza
y facilidad pasmosa.
Me contosus problemas con la seguridad social y me hablo de las enfermedades de
su hijo y lo hizo con todo lujo de detalles...
Yo ya empecé a no mirarla y mi sonrisa
amable y compresiva empezaba inconscientemente a cambiar a mueca. No podía dar
crédito, aquello no podía ser verdad, llevábamos más de tres cuartos de hora de
animada conversación... o más bien de animado monólogo y desesperante escucha.
Llamaron por teléfono y me sentí salvada,
pero no, no hubo suerte, en cuanto colgué ella retomo la charla en el mismo
sitio que la había dejado... - tierra trágame... pero no me tragó y aguanté como
una leona. Pasó el aspirador y lo paraba de cuando en cuando para puntualizar
alguna cosa de las que me había contado antes. Yo, ya ni la miraba ni sonreía.
Pero Dios es misericordioso y ella tiene un horario. Llegó su hora de marcharse
y mi sonrisa fue la más amable y agradecida del día. - Hasta la semana que
viene. - Me dijo - Adiós teresa, hasta la próxima semana.
Y yo que soy de las clásicas me tomé un
par de aspirinas.
Dedico este blog a Adriana, que intuyo le va a gustar. ¿Quién no ha sentido
ganas de hacer algo muy malo, muy malo? Esas "barbaridades" que todos pensamos
muchas veces están ahí. Nos guste o no. Mi hijo le llama la "vocecita interna".
Todos tenemos un Hyde dentro. Qué miedo...
Hace poco esa "vocecita" quería que mi hijo golpeara la mano recién operada
de mi maridín. Mi pobre hijo, asustado, me lo contaba... Yo le resté
importancia.
"Nos pasa a todos, es normal, lo importante es que esa vocecita no te
convenza".
"¿A tí te ha pasado, mamá?"
Mmmm... mmmm... Pues es que ahora mísmo no me acuerdo, pero te contaré
alguna.
Pensando, pensando... seguían sin venirme esos momentos oscuros. Cuando me
he sentado a escribir el blog, me he acordado la vez que "maté" a mi hermano en
un ascensor, cuando era pequeña, por celos. No me acuerdo de mucho más y sé que
he sentido cosas terribles, pero las he borrado seguramente porque me almacenban
una memoria preciosa y no me interesaban.
Lo cierto es que tenemos un antagonista dentro. Yo, al menos. He sentido
ganas a veces de que le pase algo "inesperadamente" a un personaje que me estaba
haciendo daño o molestando. También la envidia o los celos, me han provocado
pensamientos del tipo "que se le corra el rimel o que se tropice y se pegue un
trastazo". A modo de escarmiento. Cuando era pequeña me asustaba de ser tan
"mala" pensando esas cosas. Ahora que soy mayor me divierto casi como si formara
parte de una novela. Está de moda el género. Y me gustaría haber sido más mala,
haber hecho algo de lo que pensó mi "sombra". Sin dañar mucho, claro, lo justo.
Pero cumpliendo tus malvados deseos, insisto, si no son muy terribles, te debes
quedar más a gusto...
Me
dice mi hermana Nuria que su hijo, que es mi ahijado y tiene 12 años, no
entiende cómo podía comunicarse con su entonces novio (hoy su marido y padre del
niño en cuestión) si no teníamos móviles ni direcciones de correo electrónico
para hablar por "email".
¿Entonces -pregunta alucinado- cómo quedabais y cómo te pidió salir? Para
él, totalmente "puesto" en nuevas tecnologías, es imposible pensar que no
chatearan o se mandaran mensajes sms al móvil, porque hoy lo que no se plantean
es llamar por teléfono al fijo de casa, como hemos hecho toda la vida.
Nuria
y yo recordamos entonces cómo, cuando salíamos con algún chico, nos llamaba a
casa y hablábamos con él desde el salón, porque en casa sólo había un teléfono.
Y cómo hablábamos con monosílabos delante de nuestros padres y nuestras otras
hermanas, menores que nosotras y que alucinadas, no podían creer que a sus
hermanas las llamaran chicos a casa. Pregunta también qué hacíamos cuando
quedábamos para tomar algo, si no existían ni el Vips, ni McDonalds... es entonces
cuando mi hermana le llama la atención, recordándole que hemos nacido en el
mismo siglo que él, y que nosotras (que sólo nos llevamos un año) no hemos
vivido en la Edad de Piedra.
Y es
que es increíble cómo pasa el tiempo, y cómo las cosas que antes nos explicaban
nuestros padres son ahora las mismas que nosotros explicamos a nuestros hijos,
pero recordando perfectamente esas conversaciones que teníamos hace años. Cuando
mi madre nos "regañaba" por decir "una mujer mayor, de unos 50 años", y ahora
somos nosotras las que estamos cerca de la cuarentena. Y eso
teniendo en cuenta que mis padres lo fueron muy jóvenes, con "veintipocos", no
como ahora que lo normal es tener hijos siendo algo mayores que entonces (al
menos es lo más habitual). Pensar que mis hijos, todavía pequeños de 4 y 2 años,
dentro de nada estarán enganchados a los sms con sus amigos (aunque tardemos en
comprarles el consabido telefonito, ese momento llegará), y quedarán para "tomar
algo o ir al cine", me pilla muy lejos, pero no tanto como quisiera.
También se nota esta evolución tan increíble en los regalos que se hacen
ahora a los niños: juegos para la consola, accesorios para jugar, consolas
"portables", volante para el juego de coches de la consola... Yo no me considero
una madre "a la antigua", aunque como todas tengo que hacer un esfuerzo muy
grande para racionar las horas de televisión, y prefiero que mis hijos se pongan
a pintar en la mesa de la cocina (que es donde nos gusta estar por las tardes),
o se tumben en la alfombra de su habitación y te pidan que les leas un cuento.
Lo que sí que no me gusta para ellos, al menos todavía, es la consola. Para eso,
lo reconozco, soy tradicional.
Una
frase muy de mi madre es: "toda la vida hemos hecho esto así y no nos ha pasado
nada". Y qué razón tiene. Toda la vida hemos jugado y disfrutado sin juegos ni
juguetes electrónicos, y sin consolas ni móviles ni ordenadores con los que
enviar emails. Nosotras hacíamos "comiditas" rallando trozos de ladrillo,
recuerdo que lo "vendíamos" en nuestra tienda, una casita de ladrillos que nos
hizo mi padre en la casa de los abuelos en Los Molinos. También jugábamos a los
viajes, haciendo una fila de sillas y llevando cada una su maletita, que eran
las maletas de ropa de nuestras muñecas. La verdad es que sólo con las
batallitas que vivimos hermanas y primos en Los Molinos, en casa de los abuelos,
podría escribir unas cuantas páginas. Qué tiempos aquellos, nada tecnológicos
por cierto.
El sábado necesité canguro... y no lo encontré a tiempo.
Con eso de tener canguro en casa, cuando me falla, me descoloca por completo.
Normalmente dejo a mis hijas mayores a cargo de los
pequeños. Pero mis hijas van creciendo y quedarse un sábado si, otro no,
empieza a resultarles pesado.
También los pequeños empiezan a quejarse, no quieren que
salgamos y no quieren quedarse con sus hermanas.
Total, que el sábado pasado, mi Pepe se me fue de cenita mientras yo me quedaba en casa
haciendo de buena madre y preguntándome porque no querrán quedarse los pequeños
con las mayores... y viceversa.
Los niños por fin se habían dormido... que tranquilidad.
Aproveché y encendí el ordenador y entre un momento en demadres pero con pereza
y desgana, así que salí rápidamente y me
puse a recordar cuando yo era pequeña y mis padres salían. También nos dejaban
a cargo de mis hermanas mayores y la verdad no nos gustaba nada.
Mi hermana mayor, según salían mis padres por la puerta
se transformaba en un sargento de caballería y nos mandaba a todas a la cama
mientras ella se quedaba en el cuarto de estar viendo la tele y sentada en el
sillón de papa. En realidad le daba igual si nos dormíamos o no, ella lo que
quería era quedarse sola en la tele.
Mi hermana la segunda se metia
en la cama con un libro entre las manos y ya podíamos correr,
gritar, llorar, reír a su alrededor que ella seguía pasando páginas sin
inmutarse.
La tercera guitarra en mano,
se marchaba a su cuarto a cantar.
Y quedábamos las cuatro
pequeñas, Marta que pasó una época de rezos y devociones tal que yo estaba
convencida de que era santa.
Ana que me quería y me mimaba
y yo que me dejaba y Suni, enfadada con el mundo entero por las injusticias de
mi hermana la mayor.
Tengo muchos recuerdos de
esas noches en casa, nos mandaban a la cama y aquello no era más que el
principio de una larga noche de peleas y de enfados. Hubo incluso una ocasión, que
alguien echó lejía en el vaso de agua de mi hermana la mayor y gracias a Dios,
tanta lejía echó, que el agua olía fuertísimo y no pasó la cosa de una anécdota
más.
Y recordando estas cosas y
perdida en mi pasado, se despertó Carmencita, la pequeña de mis hijas, y me
arrepentí de haberme quedado en casa, de no haber obligado y dejado a mis hijas
en casa cuidando de sus hermanos pequeños.
Me arrepentí de no dejarles disfrutar de esos momentos de compartir la
casa sin la presencia de papa y mama, porque, aunque ahora les cueste
entenderlo, cuando crezcan les gustará tener anécdotas que recordar.