A punto de cumplir 44 y después de un año entero sin escribir, me siento ante esta pantalla, teclado y ratón y espero a que me llegue algo de inspiración
Han pasado muchas cosas, todas buenas, en este año de barbecho escritor. Mis hijos crecen y yo engordo, comienzan a salirme canas y las prioridades en mi vida empiezan a ser otras.
Ya no me importa no ser la mujer diez que fui con veinte años, tampoco el no estar a la última, incluso me da igual si no llego a fin de mes y si mis mechas no están perfectamente dadas, no me importa tener la casa hecha un desastre y tampoco el desorden de mi armario.
Me importan otras cosas.
En primer lugar me importa que mis hijos sean felices, que se sientan queridos y que estén contentos con lo que son.
Me importa mi matrimonio, mi marido al que quiero tanto y que en este momento no cambiaría por nada.
Me importa que mis padres, a los que adoro, sigan estando, que se sientan bien, que sigan dándome su opinión y diciéndome que es lo que ellos harían en mi lugar. Al final los padres siempre quieren lo mejor para los hijos.
Me importan mis hermanas, a las que quiero a pesar de mis cuñados.... y también gracias a ellos.
Me importan mis amigos, sus problemas, sus alegrías, sus avances.
Me importa el negrito que pide en Mercadona, si ese, el que tiene el periódico en la mano y que con una sonrisa que le recorre la cara, te da los buenos días esperando que te acuerdes de darle algo a la salida.
Me importa ese señor que se cruza conmigo por la calle y va pensando en sus cosas, con sus problemas con su historia.
En definitiva, me importan las personas.
A punto de cumplir 44, tengo la sensación de que un tsunami ha pasado por mi vida y ha revuelto todo. Pero a diferencia de los tsunamis que ocurren en la tierra, este tsunami interior lo que ha hecho es ordenar lo desordenado. Poner cada cosa en su sitio.
Os deseo todo lo mejor para este nuevo año que comienza. Ojalá que este tsunami que ha revuelto mi vida, revuelva también la vuestra.
Después de tanto mojito nocturno, de las
carreras y las risas, caímos en la cama
y dormimos como
bebes. Aun no estoy segura de si la cama era
comodísima o
si estábamos tan agotadas que aunque durmiéramos
sobre sacos de patatas nos habría parecido fenomenal.
Eran sobre las 7:30 cuando oímos ruidos en
la cocina. Despacito me asomé
y en efecto estaba Paz preparando desayunos. El café matinal
nos supo de maravilla y más
aún cuando Paz nos dejó las llaves de su coche sobre la mesa,
ya que eso nos facilitaba el tour del día.
Café, botas, guantes, bufanda y gorro de lluvia. Llaves del coche y ganas, muchas
ganas. Esto es empezar con buen pie.
Directas a las pulgas y primera decepción.
Apenas hay puestos en el mercadillo. Llovía y miramos
por encima, buscamos
sin demasiado interés. Entramos
a continuación en varios anticuarios de la calle Blaes, un montón
de carísimos muebles
y objetos inservibles, pero llenos de encanto, llenaban cada una de las
tiendecitas de ese barrio de Bruselas.
De regreso al coche, en el último de los
anticuarios nos encontramos con un viejo amigo
Belga que nos contó cómo le había ido estos
últimos años y nos facilito alguna dirección
interesante.
La mañana acababa de comenzar,
aun teníamos cosas que ver. No podíamos
darlo todo por perdido.
Segundo objetivo, una especie de tienda "Reto" a lo belga, segunda
decepción. Normalmente
es un lugar abarrotado de muebles. Apilados,
desordenados, algunos estupendos, otros casi para tirar... Ese día no había nada.
Bueno, nada tampoco. Vimos
unas sillas monas, un reclinatorio ideal, un
revistero, un armario... una mesa...
¿Una mesa? Era la mesa,
mi mesa, la
que yo llevo buscando años y años para mi comedor...
¡Que nervios! No puede ser...
- Piedy... me la tengo que comprar.
- Ede, es ideal!! Ni lo dudes.
Que angustia, ya me pongo con la inquietud
que me da el querer y no poder. Y es que traer
una mesa desde Bruselas puede ser todo menos
fácil, pero yo por si las moscas la reservo.
-Ya veremos que hacemos.
Con los nervios y el madrugón necesitábamos
un momento de
respiro. Café, mil planes y ganas de
continuar.
Tercer objetivo, otro "Reto" belga. En este la cosa mejoró
bastante. Aunque despistadas sobre lo que realmente
buscábamos, encontramos
cosas monas, apetecibles y con un precio
interesante.
Regresábamos a casa y recordé un anticuario
que yo solía visitar. En efecto no nos decepcionó, aunque también
es verdad que ya estábamos tan desinfladas que
cualquier cosa nos hubiera gustado. Lo recorrimos
despacito, sin prisas y examinando cada uno de
los objetos que allí se exponían. Se nos iban las ganas y el entusiasmo....
Fuimos a visitar a una buena amiga.
Necesitábamos relax, cambiar
de aires, pensar en otra cosa. Tanto mueble
polvoriento, tanta caminata, canto correr,
tanta emoción apagada... María definitivamente
nos animó. Nos invitó a un café que nos supo a
gloria, nos llevó de tiendas y tuvimos una
dosis extra de risas y de amistad.
Llegada la noche, nos fuimos a la Grand
Place, pitas de cena y sueños que se desvanecen, cervecita belga y la magia
del entorno.
Otra noche más con un ataque de risa, era
inevitable. La mezcla de cansancio y de
aventura definitivamente me
hacen reír.
Tres días de no parar. La salida ya fue atropellada, autosuficientes y con
ganas de aventura, como Thelma
y louise pero a la española, cambiando el
descapotable por el metro y las gafas de sol y
amplias pamelas
por bufanda, guantes y gorro de lluvia. Pero eso es lo que tiene la realidad, es
mucho menos
glamurosa que el cine.
Después de llegar a Barajas casi con tres horas de antelación, con la
tarjeta de embarque entre los dientes y con
las prisas que dan las ganas de llegar a nuestro destino final, nos entro un hambre
canina, de esas de me como
cualquier cosa, y así fue como entramos
en un burguer, agotadas de tanto correr, nerviosas por el viaje, divertidas por
la experiencia y muertas de risa de pura emoción.
El burguer da para mucho, pedimos
menú infantil para conseguir un juguete para
los niños... si es que, pese a que yo tenía sensación de abandono de hogar, tuve
a los niños presentes durante "casi" todo el viaje. Ya sentadas con nuestra
estupenda hamburguesa, mojando
patatas en kétchup nos relajamos y nos pusimos
a planear nuestros tres días de asueto. Que si mercadillo
por la mañana, que si anticuario por la tarde,
entre medias algún trastovejero, que si comemos
donde encontremos o que si cenamos
mejilloncitos....
Y así, entre plan y plan, patata y patata se nos fue pasando la larga tarde
de aeropuerto.
¿Larga?
Nos levantamos tranquilamente
una vez terminada aquella especie de merienda,
fuimos al baño, nos miramos
al espejo, colocamos bolsas y nos dirigimos
hacia la puerta de embarque, tranquilamente,
como señoras, peinadas y retocadas.
- Ede, ¿Qué puerta es la nuestra?- ¡Anda! Pues ni idea, vamos
a mirar...
Panel localizado y vistazo general...
- Mira, aquí estamos... embarque
a las 19:15 puerta K, pufff suena al otro extremo
del aeropuerto... vamos hacia allá. - Ede ¿Qué
hora has dicho para embarcar? - Las 19:15 - ¿Y
qué hora es? - Pues... ¡Las 19:35!
Nos miramos,
y hamburguesa en la barriga, cargando con maletas,
abrigo, bolsas... nos pusimos a correr por el
interminable pasillo de barajas. En efecto la
puerta de embarque estaba en el extremo
opuesto del aeropuerto.
-Piedy, no se a donde iré, pero si hemos
perdido el vuelo yo a mi casa no vuelvo.
Llegamos sin aliento, despeinadas, con una
bola en la barriga de tanto correr, el abrigo hecho un higo... pufff, no había cola
en nuestra puerta de embarque y corrimos
al mostrador esperando que no estuviera
cerrado el vuelo. El azafato encantado al vernos llegar y con una sonrisa de medio
lado nos informó del retraso en la salida del
avión.
En fin, tanta carrera para nada.
Bueno, para nada... para nada... ese ratito de relax no dio para charlar con el
azafato que muy simpático
nos informó de las nuevas salas de fumadores
del aeropuerto utilizadas con más frecuencia
de la imaginable, y lógicamente
allí nos dirigimos.
Desde el avión pudimos ver Paris. Al ser de
nochey sin nubes en el cielo, la torre
Eiffel se podía distinguir con total claridad en el centro de la ciudad.
Llegamos agotadas y un buen amigo
nos esperaba. Nos llevó a cenar a una terracita belga, cervecita de abadía y
platos típicos de la casa. Después rematamos
con unos estupendos mojitos en un café cubano
donde nos amenizaron la noche con música
en directo. Boleros, habaneras... en ese momento
eche de menos a mi
maridín, le eche de menos
pero poco, me duró solo un ratito corto.
Llegamos a casa a las tantas y yo por lo menos
totalmente desvelada. Dormíamos
en el salón de una prima, nos acogió con
cariño y nos tenía preparada la cama en el
salón. A mí me
dio un ataque de risa que no había manera de
parar. El fin de semana acababa de comenzar
y lo estábamos haciendo bien mezclando
trabajo y placer.
Pero como decían en Un, Dos, Tres... Hasta
aquí os voy a contar. Pero tranquilidad, que ya os iré informando
de todo lo demás.
Los preparativos, las compras, los libros, los
nombres en la ropa... madre
mía, cuanta cosa en tan poco tiempo
y encima que poco luce
Empiezan el cole y todo son prisas de último
momento. Los
niños han crecido durante el verano, no sé qué pasa que siempre
es igual. Parece que el sol y la playa tienen algo especial, los niños tienen
varios centímetros más
y en un par de meses ya no les cabe nada
Todo se renueva en septiembre, zapatos,
ropa interior, polos, camisas, faldas,
pantalones... ¿todo? ¿Se renuevan también las
ganas, el entusiasmo, la actividad, la simpatía,
la empatía? ¿Se renovaran las neuronas? (sobre
todo las nuestras, claro
Y es que este inicio de curso he tenido que coger aire, mucho
aire.
Después de un verano lleno de relax, playa y buenos amigos,
como de sopetón, llega septiembre.
El mes de las listas, de las prisas y también,
porque no decirlo, el mes del "no me
queda un duro
Con tan estruendoso comienzo, el carácter
se endurece, la simpatía, empatía,
entusiasmo y todas esas cosas tan bonitas,
parece que se esconden detrás de algún rincón. Tardarán en atreverse a asomar
la nariz, por lo menos hasta que confirmemos
que todos los libros son los correctos, que la ropa es la adecuada, que no le falta
etiqueta a nada y que los niños vuelven a estar contentos entre amigos
y profesores, felices, con la felicidad que dael hacer las cosas bien
Y en este punto me encuentro, tratando de
sacudirme la incertidumbre,
el cansancio, la prisa... y buscando normalidad,
rutina...
Los niños ya están contentos, con ganas, entusiasmo,
vitalidad, vienen corriendo y atropelladamente
se quitan la palabra para contar todo lo que les ha ocurrido en el colegio,
llegan con ganas de más.
Ahora empieza nuestro momento,
ahora nos toca a nosotras.
Coger aire despacito, soltar el aire poco a poco, relajaros, hacer un repaso
mental... ¿todo está ya hecho?, ¿todo
etiquetado?, ¿todo comprado?
Pues rescatemos el entusiasmo,
la actividad, la simpatía, la empatía...
desempolvemos
las neuronas... y a disfrutar de este curso que comienza.
- Si, mama, no te preocupes que me da tiempo a todo.
Yo me pongo enferma cuando me dice esa frase, y con cara de amenaza remato
la conversación con un "¡Mas te vale!"
Clases hasta las tres, escuela de equitación de cuatro a siete, ensayos de
grupo de ocho a diez....y si sobra tiempo
estudio. Y por supuesto el viernes y el sábado salidas nocturnas hasta las
tantas.
Como comprenderéis con este horario yo veía a mi hija repitiendo curso. Las
amenazas de "¡como cargues una, aunque sea un parcial, se terminaron los
ensayos!" se oían una tarde si otra también, y la súper amenaza de "¡te vas a
quedar sin montar!" se me escapó varias veces.
Pero al final el que la sigue la consigue. Emmita ha terminado el curso
estupendamente, da clases en una escuela de equitación y sus alumnos la
quieren, las madres de sus alumnos cuando se enteran que soy la madre de la
profe, me felicitan y, para terminar de rizar el rizo, os lo cuento por si aun
no os habéis enterado pese a que le he mandado un mensaje a medio Madrid, su
grupo de rock ha ganado un concurso de grupos en Villanueva de la Cañada.
Y como este pueblo es pequeño, yo a estas alturas ya he perdido mi
identidad, ya no soy Emma de León... ahora soy la madre de Emma la que canta para
unos o de Emma la profe de equitación y menos mal que nos llamamos igual, que
sino ni de mi nombre se acordarían.
Pero, voy a decir la verdad, se me cae la baba. Se me cae la baba con todos
mis hijos, eso es cierto, creo que quien me lea de vez en cuando, se habrá dado
cuenta de ello.
Villanueva de la Cañada es un pueblo pequeño, todos nos conocemos o por lo
menos nos tenemos más o menos ubicados. Pero, en estos últimos días, la gente
me para por la calle. - ¡qué bien canta tu hija! Y como ha crecido, que mayor
esta... O también me dicen - Pero que sorpresa, no sabía yo que tuvieras una hija
artista...
Y me convierten sin darse cuenta en la madre de la artista.
Pero aunque me gustaría ser madre de artista de la España profunda, de las
del ladrillo en el bolso que es más heavy, la realidad es que sonrío y doy las
gracias y con falsa modestia les digo que no es para tanto.
Pero en el fondo me encanta que me piropeen a mi niña.