| Ay que bien |
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Después de llegar a Barajas casi con tres horas de antelación, con la tarjeta de embarque entre los dientes y con las prisas que dan las ganas de llegar a nuestro destino final, nos entro un hambre canina, de esas de me como cualquier cosa, y así fue como entramos en un burguer, agotadas de tanto correr, nerviosas por el viaje, divertidas por la experiencia y muertas de risa de pura emoción. El burguer da para mucho, pedimos menú infantil para conseguir un juguete para los niños... si es que, pese a que yo tenía sensación de abandono de hogar, tuve a los niños presentes durante "casi" todo el viaje. Ya sentadas con nuestra estupenda hamburguesa, mojando patatas en kétchup nos relajamos y nos pusimos a planear nuestros tres días de asueto. Que si mercadillo por la mañana, que si anticuario por la tarde, entre medias algún trastovejero, que si comemos donde encontremos o que si cenamos mejilloncitos.... Y así, entre plan y plan, patata y patata se nos fue pasando la larga tarde de aeropuerto. ¿Larga? Nos levantamos tranquilamente una vez terminada aquella especie de merienda, fuimos al baño, nos miramos al espejo, colocamos bolsas y nos dirigimos hacia la puerta de embarque, tranquilamente, como señoras, peinadas y retocadas. - Ede, ¿Qué puerta es la nuestra?- ¡Anda! Pues ni idea, vamos a mirar... Panel localizado y vistazo general... - Mira, aquí estamos... embarque a las 19:15 puerta K, pufff suena al otro extremo del aeropuerto... vamos hacia allá. - Ede ¿Qué hora has dicho para embarcar? - Las 19:15 - ¿Y qué hora es? - Pues... ¡Las 19:35! Nos miramos, y hamburguesa en la barriga, cargando con maletas, abrigo, bolsas... nos pusimos a correr por el interminable pasillo de barajas. En efecto la puerta de embarque estaba en el extremo opuesto del aeropuerto. -Piedy, no se a donde iré, pero si hemos perdido el vuelo yo a mi casa no vuelvo. Llegamos sin aliento, despeinadas, con una bola en la barriga de tanto correr, el abrigo hecho un higo... pufff, no había cola en nuestra puerta de embarque y corrimos al mostrador esperando que no estuviera cerrado el vuelo. El azafato encantado al vernos llegar y con una sonrisa de medio lado nos informó del retraso en la salida del avión. En fin, tanta carrera para nada. Bueno, para nada... para nada... ese ratito de relax no dio para charlar con el azafato que muy simpático nos informó de las nuevas salas de fumadores del aeropuerto utilizadas con más frecuencia de la imaginable, y lógicamente allí nos dirigimos. Desde el avión pudimos ver Paris. Al ser de noche y sin nubes en el cielo, la torre Eiffel se podía distinguir con total claridad en el centro de la ciudad. Llegamos agotadas y un buen amigo nos esperaba. Nos llevó a cenar a una terracita belga, cervecita de abadía y platos típicos de la casa. Después rematamos con unos estupendos mojitos en un café cubano donde nos amenizaron la noche con música en directo. Boleros, habaneras... en ese momento eche de menos a mi maridín, le eche de menos pero poco, me duró solo un ratito corto. Llegamos a casa a las tantas y yo por lo menos totalmente desvelada. Dormíamos en el salón de una prima, nos acogió con cariño y nos tenía preparada la cama en el salón. A mí me dio un ataque de risa que no había manera de parar. El fin de semana acababa de comenzar y lo estábamos haciendo bien mezclando trabajo y placer. Pero como decían en Un, Dos, Tres... Hasta aquí os voy a contar. Pero tranquilidad, que ya os iré informando de todo lo demás.
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