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Estaba yo trabajando esta misma mañana,
googleando entre casas de subasta y bases de datos, leyendo sobre el IVA y
poniéndome al día en asuntillos varios cuando llegó prudentemente Teresa y
pidió permiso para limpiar la oficina.
-Claro Teresa, pasa, estás en tu casa.
Teresa es una señora encantadora y más o
menos de mi edad, que vale su peso en oro, mantiene todo reluciente y lo hace
además siempre con una sonrisa en la boca. No sé muy bien como paso, pero según
limpiaba una de las estanterías comenzó a contarme la nueva manualidad que
había hecho. Yo, con educación y de
verdad con interés la miré y escuché.
-Estoy haciendo una teja, que le he
pintado una puerta y unos arbolitos y tiene... y además lleva... y...
- Que monada Teresa, yo de esas cosas ni
idea...
- Si, la verdad que me está quedando muy
bonito, porque antes ya había yo modelado con pasta de sal, porque conozco todo
tipo de pastas y he modelado y he pintado una mariposa con las alas en tres
dimensiones y además coso y he hecho un
tapiz de un indio, pero bastante grande, que lo he enmarcado y todo para que no
se llene de polvo... y se... y hago... y...
Yo la miraba sonriente y alucinada. De la
explicación de la última manualidad había pasado sin comerlo ni beberlo a las
texturas de las masas de modelar, el tiempo de cocción de cada una de ellas
pasando por la pintura en la cerámica, que no creáis que es fácil, hay que
utilizar pinceles de marta, el animal, me lo aclaro efusivamente mientras yo
trataba de concentrarme y de conseguir enviar algún mensaje.
Me contó también como se hacen los
tapices, no se conformó con contarme que los hacía, también me contó cómo y os
aseguro que después de esa detallada explicación, creo que soy capaz de incluso
dar yo las clases del bordado de tapiz. Ella seguía hablando mientras subida a
una escalera limpiaba la lámpara de techo y cambiaba de tema con una naturaleza
y facilidad pasmosa.
Me conto
sus problemas con la seguridad social y me hablo de las enfermedades de
su hijo y lo hizo con todo lujo de detalles...
Yo ya empecé a no mirarla y mi sonrisa
amable y compresiva empezaba inconscientemente a cambiar a mueca. No podía dar
crédito, aquello no podía ser verdad, llevábamos más de tres cuartos de hora de
animada conversación... o más bien de animado monólogo y desesperante escucha.
Llamaron por teléfono y me sentí salvada,
pero no, no hubo suerte, en cuanto colgué ella retomo la charla en el mismo
sitio que la había dejado... - tierra trágame... pero no me tragó y aguanté como
una leona. Pasó el aspirador y lo paraba de cuando en cuando para puntualizar
alguna cosa de las que me había contado antes. Yo, ya ni la miraba ni sonreía.
Pero Dios es misericordioso y ella tiene un horario. Llegó su hora de marcharse
y mi sonrisa fue la más amable y agradecida del día. - Hasta la semana que
viene. - Me dijo - Adiós teresa, hasta la próxima semana.
Y yo que soy de las clásicas me tomé un
par de aspirinas.
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