| Os voy a contar una historia |
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Os voy a contar una historia. Era yo
pequeña, tendría... pues la verdad no sé cuantos años de inconsciente y feliz
infancia.
Ya os he contado que esos años de lógica inmadurez, los pasé haciendo trastadas en Ferrol, una bonita ciudad de La Coruña donde llueve y llueve, día tras día. Tanta lluvia y tanto mirar por la ventana hacían que las tardes de invierno se convirtieran en un eterno jugar sobre la alfombra del cuarto de estar. Me pongo a pensar en que juguetes tenía y con qué cosas me distraía y recuerdo con especial cariño varias cosas. Tenía una colección de barriguitas. Tenía la negrita, tenía la chinita y tenía "la normal" (las que sois de mi edad me entenderéis, para los que no lo sois, la normal era la blanquita con pelo rubito... "la normal"), os acordareis que eran unas muñecas regordetas que tenían todo tipo de mobiliario... la trona, el armario, la cuna, el tacatá... No sé bien como lo conseguí pero llegué a tener un montón de ropa y de muebles de las barriguitas. Jugaba con mis amigas y nos encantaba sentarlas, dormirlas, cambiarlas, peinarlas, bañarlas... Tenía también un tren, me encantaban los trenes... y aún ahora me siguen gustando. Era un tren pequeño con una vía redonda. Me podía pasar largos ratos mirando como giraba y giraba. Y tenía un muñeco. Lo recuerdo perfectamente, como si lo estuviera viendo, entre otras cosas porque juraría que los Reyes Magos me lo trajeron dos veces... si sí, lo habéis entendido bien. Es toda una historia la del muñeco. Cuando me lo trajeron los reyes por primera vez, tenía un pijama azul. Jugaba con mi muñeco por temporadas, como hacen los niños con sus juguetes, pero aunque no jugara con él, lo tenía a la vista. A veces me lo metía en la cama por las noches, otras se quedaba arrumbado en un cesto con el resto de los juguetes, pero era mi muñeco (por cierto, se llamaba pepe... quien me lo iba a decir a mí). Se ensuciaba, lo bañaba conmigo o también se ensuciaba y así se quedaba lleno de churretes, pero no me importaba. Un buen día mi muñeco desapareció, y bueno... tenía las barriguitas, el tren... Llegó Navidad, Noche buena, Fin de año... y por fin los esperados Reyes Magos... emocionante noche... ¿Y, qué me traen los Reyes? Un precioso muñeco. Tenía un jersey de punto y un faldón de brillantina, una cuna y un biberón (biberón mágico) de esos que cuando se lo pones en la boca al muñeco, parece que se lo está bebiendo. Era tan bonito... era tan bonito... si es que era igual que mi querido muñeco pepe... ¡¡Pepe!! Voy a buscarlo, me dije ingenua de mí, ¡¡así será como tener gemelos!! Pensé. Pepe nunca apareció, pero que cosas, lo que sí encontré fue el pijama azul que, casualmente, le cabía perfectamente a mi nuevo muñeco... que, porque no, se terminó llamando pepe. Por aquel entonces empezaban a salir esos muñecos que al darles el biberón se hacían pipi, tenían su propio orinal e incluso pañales. Había otros que hacían pompitas, por supuesto los había que lloraban y que hacían ruiditos. Pepe no hacia ninguna de esas cosas, pero que tontería, todos esos muñecos que salían en los anuncios de la tele eran prácticamente iguales que el mío... prácticamente iguales... el mío tenía ojos, nariz, orejas, brazos, piernas... incluso tenía un agujerito en el culete para poder hacer pipi. ¿Entonces que le faltaba al mío? ¿Lo adivináis? Le faltaba únicamente, poder abrir la boca para que le pudiera dar el biberón. Creo que ya de pequeña era yo aficionada a las manualidades y a desenvolverme yo sola sin encomendarme ni a Dios ni al Diablo y ni corta ni perezosa, con un cuchillo de cocina le abrí a mi pepe una rajita entre los labios, que a simple vista no se veía, pero que cuando le apretabas los mofletes, se abría enormemente. ¡Qué gran satisfacción! Mi muñeco ya podía tomar su biberón y por supuesto hacer pipi. Ya era como los de la tele. Emoción. Primer biberón... y primer fracaso. Mi biberón era mágico y no dejaba escapar ni una gota de su interior. No importa, el agua a cucharadas, pero el problema era que el pipi consecuentemente salía a gotas... que desesperación. Y bueno, ya que le daba el agua a cucharadas, podía también darle papilla a cucharadas ¡¡¡ Y así comencé a darle a mi bebe papillas de galletas con leche, de plátano y galletas... también mi bebe era capaz de comerse las migas de mis bocatas mojadas en agua... y lo mejor era que no se hacía cacas. Las papillas no eran diarias, como ya os he contado, un día jugaba con el muñeco, otro día lo dejaba en un rincón de la habitación... pero lo que prácticamente siempre hacía, era dormir con él... dormir con él y dormir con él... hasta que un día, me fui con él a ver a mi madre. Mamá, le dije asombrada. No sé que le pasa a mi muñeco, huele mal. Las papillas acumuladas en su interior se habían ido pudriendo. Mi madre cogió el muñeco, lo olió y se espantó. Ella no entendía nada, Pero este muñeco... ¡si huele a podrido! Os podéis imaginar que no me quedó más remedio que confesar. Mi madre no daba crédito. Quiso tirar el muñeco pero yo no le dejé. La pobre lo desmontó y lo lavó, lavó y lavó. Dentro había hasta gusanos... y yo dormía con él. EL muñeco lo montó otra vez, pero siempre le quedo un poco de aquel olor y poco a poco yo fui dejando de jugar con él.
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