|
Emma de león
|
|
Fui una vez a la presentación de un libro. Era sobre el cuidado de las plantas y el autor como no, era el Padre Mundina. ¿Lo recordais? Aquel sacerdote que salía en la televisión y nos daba todo tipo de consejos para mantener un jardín siempre lleno de flores o tener un salón con las plantas en perfectas condiciones.
El Padre Mundina venía a El Puerto de Santa María (Cádiz) a presentar su libro, llegaba con ganas, sonriente y hacia una presentación extensa y detallada a sus amigos, seguidores y curiosos.
Nos contó muchas cosas, sobre todo el porque de esa dedicación a las plantas. Luego se marco el detalla de darnos pequeños trucos básicos sobre su cuidado.
No se si alguna vez habéis ido a la presentación de algún libro. Yo si he ido a varias y esta en principio, pensé que era una más. Pero para las personas que nunca hayan tenido el placer de asistir a uno de estos eventos, os cuento un poco en que consiste.
El anfitrión, en este caso fue el director de un bonito hotel, presenta al autor en cuestión, contando su vida y trayectoria literaria. A continuación, el autor, en este caso el Padre Mundina, explica el contenido de su obra y esto debe hacerse de una manera muy atractiva para que los oyentes sientan la necesidad de comprar el libro, regalarlo y recomendarlo.
Normalmente son unas presentaciones amenas donde tanto el anfitrión como el autor sacan lo mejor de si mismos, y en este caso, como no podía ser de otra manera, así fue.
El padre Mundina contó unos cuantos trucos básicos sobre como podar y también nos explico la importancia del riego de las plantas de interior. En fin, que en principio era todo tal y como esperábamos. Y digo en principio ya que de pronto dijo algo que a mi me llamó poderosamente la atención. Para cuidar las plantas, hay que poner mucho amor. Y yo, nefasta jardinera, pensé... ¡Si, anda! Amor... pues lo lleva claro este buen hombre... si yo soy un desastre con los tiestos... ¡Puf, que pereza! Que cosas tiene... Amor...
Y ahí me quede divagando y desconecte totalmente de su explicación.
Terminó el acto con la venta y firma de los libros y como no, con una copita de un oloroso de la tierra. El libro llegó a casa y fue directamente abandonado en la librería. Mi marido siempre fuera y yo con tres niños pequeños no tenía tiempo de leer y menos sobre plantas que tan mal se me daban. Pero ahí quedo el libro, a la vista y con el mensaje tentador de.. “poner mucho amor”
Y poner amor a que... ¿a cuidar las plantas? ¿a cuidar esa macetita con dos miserables hojas que parecen perderse entre la tierra gris y compacta por falta de riego? ¿Y si ponemos amor en el cuidado de esa minúscula planta por la que no daríamos un duro y resulta que sale a delante...?
Y así fue como comencé mi andadura por la botánica, poniendo amor en el cuidado de las plantas. El libro nunca lo llegue a leer y sin embargo las plantas las tengo “que son la envida de mis vecinas”.
Pero si esto ocurre con las plantas ¿Qué pasará si ponemos amor en todas las pequeñas cosas que hacemos cada día?
Y un día me levanté por la mañana y puse amor al despertar a mis hijos, y puse amor al poner el desayuno, y puse amor mientras las peinaba, y puse amor .... y puse amor.. y puse amor... y me di cuenta de que ese era el truco... todo funcionaba mejor poniendo amor.
Y aconseje a mis hijas hacer los deberes poniendo amor… y me miraron como si yo fuera una marciana, pero hable con ellas. Les pedí que dedicaran tiempo, que pusieran atención que trataran de hacer las cosas con... pero, la palabra es esa, que trataran de hacer las cosas... con amor.
Y es algo que, como todo en mi vida, desgraciadamente, no es constante. Es algo que se me escapa y olvida, y es que voluntad tengo poca pero buena. Por lo tanto, el poner amor se me va olvidando y perdiendo en el tiempo, después llega un día en que lo recupero y lo aplico y me doy cuenta otra vez que todo vuelve a funcionar mejor, que la comida me sale más rica, que la casa esta más limpia, que el trabajo me cunde algo más…
En fin, que es otro cuento mas que me gustaría no dejar de aplicar.
|
|
|
Emma de león
|
|
Y es que estamos metidos en esa rutina diaria que nos lleva a una ceguera cotidiana que nos impide ver las pequeñas cosas que dan encanto a la vida.
Y mi rutina comienza cuando a eso de las 11 de la noche, mi pp ya cansado casi con un susurro me da las buenas noches y me deja en el salón, sentada en mi butaca, con una peli de fondo y con el ordenador sobre mis rodillas... chateando, buscando, escribiendo, leyendo.... los pies en alto y un vaso de agua sobre la mesa. Y es que yo soy de las que al llegar la noche, disfruto como nadie. Los sentidos se despiertan y los niños duermen. ¿Qué mas puedo pedir?.
Es el momento de comprar el billete de avión para mis próximas vacaciones, el momento de buscar la información de las becas de estudio para las niñas, el momento de leer sin que nadie te moleste las portadas de los periódicos (que ya solo con eso me conformo)... en definitiva, es mi momento, que trato de alargar todo lo que puedo y que únicamente detengo cuando siendo ya las 12 de la noche y en muchas ocasiones la 1 de la madrugada recuerdo que mi despertador me pone en pie a las siete y cuarto.
Pero en mi rutina paso de ese último susurro de buenas noches de mi marido, a la voz de grave y alterada de mi locutor favorito, que tiene enfilados a la mitad de nuestros políticos. Son algo más de las siete de la mañana, me acabo de levantar pero estoy ya agotada.
Casi sin tiempo para meterme en la ducha no sin antes haberme tomado un café con las mismas dos tostadas de siempre, empiezo a hacerme una lista mental de todo lo que tengo que hacer, sin poder dedicar ni un segundo a disfrutar del momento, es la rutina que me absorbe.
Me aplico el cuento de la sonrisa y despierto a los niños que les da tanta pereza como a mí el tener que levantarse tan temprano, pero hoy no quiero dejar de fijarme en ellos, hoy no quiero que la rutina mate el encanto del momento. Y casi sin despertarse y totalmente en automático se van al baño y me protestan con sueño, y llegan a la cocina y descubro que ellos igual que yo, ya tienen su ritmo y sus costumbres y mojan la galleta en el colacao hasta meter también casi la mitad de la mano y me encanta mirarlos, sentados en el taburete, medio dormidos y con los pies descalzos que les cuelgan y balancean mientras mojan una segunda galleta.
Llega el momento de ponerse la ropa y hago un esfuerzo mas por no dejarme llevar por la rutina que hoy quiero evitar a toda costa y me parto de risa viendo como Carmencita se quiere vestir sola y le cuesta media vida conseguir ponerse un calcetín y mientras José se tira sobre el sofá y haciendo gala de su desfachatez me pide que sea yo la que le vista y levanta una pierna y mete un brazo y saca una cabeza … y mientras Carmen se ha puesto al revés el pantalón y es que en estos momentos me los comería a los dos.
La salida de casa y llegada al colegio es coser y cantar, en realidad vamos en coche por las prisas de la mañana pero esta muy cerca. Y la llegada es otro momento de los que deberíamos parar, observar y disfrutar.
Llegan los niños al cole con sus gorros y bufandas, como pequeños pigmeos, con su mochila en la espalda y con carilla de sueño, las niñas recién peinadas, llegan con pereza sin prisas con pocas ganas de comenzar la semana. Se miran unos a otros y se sonríen, alguno más simpático se acerca para saludar y lo hace con entusiasmo con ganas de agradar y de comenzar el día haciendo amigos.
Los papas vamos dejando a los niños, quitándoles los abrigos, despidiéndonos de nuestros hijos, con besos y con frases llenas de consejos y cariño. La profesora mira de reojo cada uno de nuestros gestos y analiza la actitud de los pequeños. ¿Por qué no me había detenido en esta imagen antes? Tiene también algo especial, pero nos perdemos en “la rutina y las prisas” y no nos paramos a mirar.
El resto del día está lleno de cosas sin importancia… atascos, trabajo, compras, prisas… el baño, las cenas… todos a la cama… y otra vez mi momento, mi rutina y relax… pero hoy me he detenido y he disfrutado y saboreado esa parte de mi vida que por ser siempre igual me parecía aburrida. Le he encontrado un encanto especial a la aburrida rutina
|
|
|
Emma de león
|
|
Señora salga que está poniendo nerviosa a la niña
No podía creérmelo… ¿yo? Que me considero tranquila y equilibrada, que creo dominar las situaciones como nadie, que me supongo madre paciente y persona de trato fácil... ¿¡ Estoy poniendo nerviosa a mi hija ¡? Mi cara de asombro debió ser todo un poema, el dentista me estaba echando de la consulta y encima con una sonrisa encantadora y unos ojos verdes que me tenían totalmente cautivada.
Salí (que remedio).
Me senté en la sala de espera con una sensación de impotencia que no sé muy bien como describir. Por una parte, me habían pedido amablemente que esperara fuera y no tenía más remedio que sentarme y “aguantarme”. Por otro lado quería estar junto a mi hija para aunque sea poder darle la mano y que ella se sintiera segura… pero, el dentista había dicho que yo produciría en mi hija el efecto contrario al que pretendía.
Cogí una revista pero no era capaz de concentrarme, ninguno de los artículos me atraían suficientemente como para olvidar o apartar durante un rato de mi cabeza lo que acababa de ocurrir, deje la revista y no tuve más remedio que tratar de analizar mi actitud, lo cual, os aseguro, no me apetecía nada de nada.
Sentada en una de las butacas apoye la cabeza en la pared y con la mirada perdida en el techo, pensé, no solo en lo ocurrido en los últimos 10 minutos, sino también en muchas otras ocasiones en las que yo, sin querer, podría haber causado esa inseguridad en las personas que están a mi alrededor. Pensé en mis hijos pequeños, cuando por las mañanas les dejaba en el cole y todos los besos les parecían pocos. Pensé que quizás con ese gesto, solo me estaban demostrando, a su manera, una ansiedad que ellos no eran capaces de explicarme con palabras.
Hice un ejercicio que nunca antes había practicado. Me quise ver a mi misma despidiendo a mis hijos… como si fuera una película. Imagine mi cara de preocupación al ver la suya de desasosiego. Imaginé mis prisas, mis gestos y oí mis propias palabras de despedida que sonaban con un tono entre animoso y preocupado, cansado y aburrido. Me ví como una madre “pesada”.
Después quise ver también como una película la escena que acababa de ocurrir en la consulta, también imaginé mis gestos, mi cara, mis palabras… Y me di cuenta que mi tono nervioso no había ayudado en nada a mi hija. Me ví "agobiada”.
Fui entonces imaginando pequeñas escenas cotidianas y fui autocalificándome en cada una de ellas. La nota final que me puse a la hora de afrontar situaciones de especial complicación para mis hijos, para las personas que me rodean y que son importantes para mi, fue tremendamente baja y lógicamente me quede muy fastidiada.
Cogí otra revista pero seguía sin poder concentrarme, deje la revista y por segunda vez me vi obligada a ese autoanálisis, lo cual, seguía sin apetecerme. Decidí imaginar cual tendría que ser mi actitud y como tendrían que sonar mis palabras para transmitir seguridad y tranquilidad. Empezaba a parecerme divertido, me veía a mi misma sonriente y tranquila y todo a mí alrededor parecía ir mejor. Me fui imaginando las mismas escenas que había revivido sintiéndome aburrida y nerviosa, agobiada y cansada pero ahora parecía que las cosas eran más fáciles.
Entonces me acordé de sopetón del dentista, de la manera tan “amable” de invitarme a salir. Con una sonrisa de oreja a oreja. Me di cuenta de que pocas veces nos aplicamos en la sonrisa en los momentos de “agobio” y decidí ponerla en practica.
Comenzó mi andadura de mujer sonriente y feliz justo al ver aparecer al dentista con mi hija en la sala de espera. - Que bien, que poquito ha tardado usted, se me ha pasado el tiempo volando. El hecho de sonreír casi me hizo olvidar el altercado anterior y creo que también provoque una leve sonrisa en mi hija que estaba deseando que saliéramos de allí cuanto antes.
Fui aplicando la sonrisa a lo largo de todas las pequeñas cosas de ese día y note que todo a mi alrededor parecía ir un poquito mejor. Me daba la impresión de que todo funcionaba, los niños parecían estar mas tranquilos, mi marido tenía mas ganas de charla que de costumbre, la hora del baño transcurrió sin altercados, e incluso la cena fue un momento de relax y tertulia familiar en lugar de ser momento lleno de correcciones (los codos, la servilleta, empuja con el pan....)
Me dí cuenta en ese día de cómo reflejamos, en las personas que nos rodean, nuestros temores, nuestras angustias pero también y mas importante nuestra armonía, nuestra paz, nuestra alegría...
Aplícate el cuento Emma, fue mi último pensamiento al acostarme. Domina tus miedos y saca tu mejor sonrisa por la mañana para dar el primer buenos días y deja que esa sonrisa te domine durante todo el día.
.......................................
Y esto que os cuento sucedió la semana pasada, y hay momentos (mas de los que quisiera) que, sin querer, se me frunce el ceño y entonces parece que algo a mi alrededor se desmorona un poquito. Pero estoy aprendiendo y nunca los aprendizajes fueron fáciles. Respiro hondo, vuelvo a sonreír y me lleno de fuerza para seguir.
|
|
|
Emma de león
|
|
Flora, Fauna y Primavera. ¿Lo recordáis? Así se llaman las tres hadas de la Bella Durmiente. Tres hadas que parecen estar en Babia, que no pertenecen a nuestro mundo. Tres personajes que creen que todo se hace solo, como por arte de magia. Creen que todo es de color de rosa y cuando se dan cuenta de que no es así, se decepcionan y asombran con una ingenuidad que es digna de… pues de lo que es. Digna de un cuento infantil.
Pero… -Os preguntareis- ¿No se titula este ladrillo, Adolescentes en casa?
Pues sí. Así es. Y es que, yo tengo tres. Que igual que Flora, Fauna y Primavera, están en Babia las 24 horas del día, parecen vivir en un mundo diferente al mío. Creen que todo es muy fácil y quieren comerse el mundo y después lloran por no habérselo podido comer o por haber sido comidas por el mundo.
Pero realmente seamos justos. ¿Quién no ha pasado por esa etapa tan bonita y adorable que es la adolescencia? – Todos la hemos pasado.
En algún momento, en un periodo más largo o más corto hemos sido hadas, hemos tomado el papel de cualquiera de esas tres adorables e ingenuas haditas que no tienen ni la más remota idea de lo que se cocina en el mundo real, pero que creen que todo lo pueden y que para todos los problemas ellas tienen la solución.
De todas formas todos aseguramos haber pasado por una adolescencia muy light.
- ¡No, no! -negamos con rotundidad- ni mucho menos hubiera yo contestado así a mis padres. - ¡Jamás! -afirmamos- se me hubiera ocurrido escaparme una vez dormidos todos en casa para poder salir por la noche.- ¿El alcohol?, ¿tomar alcohol? Eso yo ni olerlo, no lo probé hasta cumplidos los dieciocho.
Pero yo creo que humano es olvidar nuestros errores. Y al llegar a cierta edad, cuando dejamos de ser como esas hadas, ingenuas y atrevidas y nos convertimos en trols… perdón quise decir en adultos, tendemos a negar ciertas evidencias con la firme convicción de que nunca nos ocurrió.
Pero os confesaré que yo lo hice todo. Bueno, todo, todo no. Pero casi, casi. Me faltó hacer alguna pequeña pifia y fumar, ya que en casa fumaban todos y no me parecía que fuera algo especialmente original. Porque, eso sí, había que hacerlo todo y ser la primera en hacerlo. Sino ya no tenía la misma gracia.
Y ¿ahora qué?
Socoorroo…….
Me encuentro madre de tres adolescentes de 16, 15 y 13 años. Y me resisto a pensar que ellas puedan hacer ni la mitad de las cosas que hice yo a su edad. Me resisto a pensar que salgan con chicos, que jugueteen con el alcohol, que me cuenten solo la mitad de lo que les pasa por miedo a un posible castigo…
Solo quiero ver las cosas buenas que se que se que están viviendo. Quiero pensar que son las protagonistas del cuento.
Pero mis tres hadas, mis hijas, me cuentan, y me dan alguna pista sin querer, de por dónde van. Y sufren por amores no declarados y buscan su libertad y su autonomía. Y veo que crecen y me encuentro con sentimientos cruzados. Quiero que se hagan mayores y quiero que vuelvan a ser bebes otra vez. Quiero mimarlas y protegerlas y también que disfruten y salgan y se diviertan.
Puuuuffff que difícil es….
Y ahora pienso en tantas abuelas, en nuestras abuelas sabias que ya habrán pasado por esto y ya tendrán a sus hijos con sus vidas encaminadas y la tranquilidad de haberlo hecho bien. Con la seguridad de que su parte la han cumplido y ahora queda ver a sus hijos sacar provecho de todo lo aprendido y esponjarse en la vida.
Y tengo ganas de verme en esa situación, ganas y miedo.
Ganas de estar tranquila, sin tener que esperar a que lleguen las niñas de la calle después de haber estado con sus amigos a saber haciendo que, con la intranquilidad que esperamos las madres pensando que pueda ocurrir algo. Ganas de ver sus vidas hechas y encauzadas, de ver que les ha servido y han aplicado todo lo aprendido.
Y miedo. Miedo de no haber sabido educarlas. De no haber conseguido que entiendan los fundamentos de la vida, la importancia de poner amo r en todo lo que se hace, por monótono que sea, miedo a que destrocen sus vidas perdiéndose en las banalidades de este mundo.
Me encantaría tener un catalejo mágico de esos de cueto… de un color azul intenso y salpicado de estrellas doradas –como el de Merlín-, para poder verlas dentro de quince, veinte años, para ver que todo ha ido bien, para quedarme tranquila sabiendo que estamos en el camino correcto. Para que aunque me digan las cosas a medias, aunque jugueteen con el alcohol, aunque salgan con chicos, aunque se asomen ya a las discotecas, yo lo entienda como parte de su etapa, como parte de la adolescencia. Como parte de esa etapa de hadas ingenuas, cándidas y todopoderosas…. Que dará paso a esa otra etapa de trol serio y justiciero.
………………………….. Reflexión ………………………………….
Bueno, casi, os confesare…. Que prefiero, por ellas. Tener en casa a Flora, Fauna y Primavera. Casi que prefiero que tarden en crecer y que tarden en llegar a esa dura y áspera etapa de trol.
|
|
|
Emma de león
|
|
14 de febrero, sobra decir que es el día de los enamorados… y también coloquialmente llamado, el día del Corte Inglés.
Jamás le he regalado nada a mi Pp. Jamás hemos tenido en cuenta ese día como un día especial, ni una cena, ni un regalo, ni una llamada. Nada de nada. Bueno… nada… hasta ahora. ¿Quién me lo iba a decir a mí? Y peor aún, quien se lo iba a decir a mi Pp, un hombre de los que se ponen camisa de rallas con chaqueta de cuadros y se quedan tan contentos pensando que van estupendamente. Un hombre que dice que le encantaría ser hortera, ya que según su teoría, los horteras no sufren por la ropa que se ponen y siempre son felices.
Quién nos iba a decir a nosotros que saldríamos a cenar, el día de los enamorados….
Pues este año lo hemos hecho. Nos hemos ido a cenar. No, peor aún, nos hemos ido a una cena-baile con menú especial de San Valentín.
En realidad hemos ido un grupo de amigos (varios matrimonios), y eso, ha sido incluso aun más bochornoso si cabe para ellos, para los maridos. Porque, lógicamente, ha sido cosa de las mujeres, claro, como siempre surgen estas cosas. Un grupo de señoras con un café delante, pueden llegar a preparar, casi sin pestañear, todo tipo de excursiones, eventos, reuniones… e incluso, pueden llegar a organizar una fantástica cena de enamorados en el lugar menos glamuroso que os podéis llegar a imaginar y que encima sea todo un éxito.
Pero no es todo un camino de rosas. Lo primero convencer a nuestros pps, lo cual es una tarea que requiere tiempo, dedicación y paciencia. Luego, además, surgen los imprevistos… Que llegado el día antes, los maridos se empiezan a resistir, que resulta que a uno le duele la cabeza y alega comienzo de gripe, que a otro le duele aquella hernia discal tantos años olvidada, que otro dice que la comida le ha sentado mal y tiene el estomago destrozado y mejor es quedarse a dieta todo el fin de semana….
Ellos empiezan a darse cuenta que realmente las mujeres vamos en serio. Que no era una idea pasajera y que estamos dispuestas a ponerles a ellos la corbata a ponernos nosotras nuestras galas y salir y divertirnos y celebrar…. El día de los enamorados.
¡Por una vez…..!
Nosotras no nos dejamos amedrantar, y como si del primer día de cole se tratara, les buscamos y preparamos el atuendo más apropiado para la ocasión. Chaqueta… corbata…. Camisa…. Y un puntito de malicia que me recuerda que había yo comprado hace varios meses unos corazoncitos de fieltro en varios colores que pegados en una corbata vieja azul marino, le darán el toque adecuado para la ocasión. , Ya veremos si consigo que se la ponga…
Para mí, como siempre, el negro. Que aburrida estoy ya del negro. Pero…. aun no se me han terminado las ideas… y como tengo que compensar de alguna manera su corbata de corazones… decido coserme un corazón rojo en medio del vestido, será el toque ideal para compensar.
¡La noche promete!
Mientras yo hago todos estos preparativos, mi Pp duerme tranquilo la siesta. Alrededor de las 6, que ya está bien, decido despertarle y además hacerlo con la corbata en la mano.
– Miraa.., tengo preparada tu corbataaa….
Sus parpados cerrados se abrieron en unos segundos con sueño y cansancio y bastaron unos segundos más para estar abiertos como platos al ver todos esos corazones. – ¡Jod…..! (lo siento pero no puedo escribir la única palabra que el acertó a decir).
La cosa va bien, pensé yo, no ha dicho que no a la corbata.
Y en efecto, se la puso. Y yo cumplí y también me plante mi vestido negro con el corazón. Salimos de casa puntuales, divertidos, con ganas de reírnos y de pasarlo bien.
El sitio era una sala mas tipo cafetería que restaurante, decorado con grandes corazones rojos de cartulina colgados de lámparas y techos, y otros más pequeños pegados de cualquier manera en las ventanas. Flores como centros de mesa y velitas con forma de corazón. Una orquesta, compuesta por cuatro músicos que no bajaban de los 70 años y con ganas de demostrar que aún conservaban sus ganas y cualidades, amenizaba la cena. Fueron relevados más adelante por un disc-jockey, que podríamos decir…. Hizo lo que pudo y en momentos puntuales, acertó.
Y aunque como os contaba, nuestros maridos iban más arrastrados que convencidos, aunque el sitio no era el más glamuroso del lugar, y la cena no era para tirar cohetes, aunque el pinchadiscos abusó de la música setentera….
Tengo que reconocer que yo me lo pasé bien. Que bailamos, nos reímos, y que por una vez…
Celebramos el día de los enamorados.
|
|
|