| Ya nada es igual |
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Buscamos campamentos para los niños de manera compulsiva, desgastando google y asaltando todo tipo de páginas. Leyendo con ansiedad y buscando el horario más largo y el precio más barato. Encajamos posibilidades, solicitamos plazas y tratamos de casar lo mejor posible todas las opciones. Comentamos también nuestras escapadas de no más de veinte días y los lugares que tenemos ya elegidos para pasar estas merecidas y ansiadas vacaciones. El resumen de la conversación se reduce a que en julio los niños van de campamento en campamento mientras los padres trabajan y en agosto vacaciones en familia de prácticamente un mes. Antes las cosas eran distintas. Cuando yo era pequeña, el último día de cole era un día de fiesta pero no por el hecho de terminar el colegio, sino por el comienzo de la gran aventura del verano. Al día siguiente mi madre preparaba las maletas y nos metía a las siete en el coche. Era un Seat 124 familiar, de cinco plazas y un buen maletero. Nos acoplábamos como podíamos pero cabíamos. Metíamos las maletas, el canario, la guitarra y las ganas de campo, de excursiones y relax. Cogíamos carretera y después de supongo varias paradas y varias canciones llegábamos hasta la casa de mis abuelos en Hervás, aquella casa de los ratones en el desván. En esa casa veraneábamos con nuestros primos y abuelos. Era un reencuentro apetecible y caótico. Mil cosas que contar y que escuchar y muchos planes para los dos meses siguientes. Eran vacaciones largas y tranquilas, de juegos de mesa y excursiones furtivas al rio. Tardes de digestión obligada y paseos a la ermita. Noches frescas con chaqueta y largos cuentos contados por mi abuelo en el porche de la casa. Pasaban los días entre trastadas, risas, siestas, caminatas, amigos... A mitad de verano llegaba mi padre. Terminábamos las vacaciones todos juntos y a final de agosto estábamos deseando volver al colegio, estábamos descansados y aburridos ya de descansar. Necesitábamos otra vez actividad. El comienzo de curso era deseado y teníamos la mente despejada y dispuesta para estudiar. Pero ya nada es igual. Condenamos a nuestros hijos a campamentos con amigos forzados y horarios impuestos. Sin posibilidades de escapadas furtivas y separados de la familia. Nos vamos de vacaciones 15 ó 20 días para aprovechar un hotel carísimo en donde otra vez nuestros hijos no pueden ser niños. Yo quiero una casa en un pueblo para que mis hijos tengan los mismos veranos que he tenido yo. Un lugar donde puedan ir con amigos y compartir escapadas y experiencias. Vacaciones de dos meses y aire libre. Quiero pasar con ellos todo el verano en un lugar tranquilo, sin contaminación, donde las estrellas se puedan contar y donde los árboles sean incontables. Quiero pasar un verano de los de antes.
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