 Los años que nuestros
hijos pasan en el colegio son los más importantes de sus vidas. Los que más
marcan, los que dejan huella realmente indeleble, porque siempre nos acordamos
de las vivencias que tuvimos "en el cole", en uno u otro curso. Por eso debemos
cuidar mucho el bienestar de los niños en clase, vigilar que no se encuentren a
disgusto y que nos cuenten en casa cómo se sienten, qué les preocupa, qué cosas
les gustan y qué cosas no.
Pero en su justa medida.
No podemos hacer que se sientan "agobiados" o presionados. A veces es mejor
dejar que nos cuenten lo que y cuando quieran, y seguro que es más productivo
que intentar "sacárselo" cuando, a lo mejor, no es el momento
adecuado.
En todo este proceso,
somos los profesores los que debemos trabajar mano a mano con los padres. Pero
estableciendo unos límites, que por otra parte deberían estar determinados por
pura lógica. Algunas veces se da el caso de padres que "responsabilizan" a los
profesores del comportamiento de sus hijos en casa, porque dan por hecho que la
educación de los niños es cosa de los profesores. Nada más lejos. El profesor,
educador, maestro, es el encargado de transmitir conocimientos a los alumnos, y
además hacer que estén preparados para adquirir y asimilar esos conocimientos.
También es el principal motor para fomentar y posibilitar la creatividad del
alumno, pero siempre respetando su libertad. Sin embargo, es deber de los padres
que sus hijos tengan un nivel mínimo de educación y "saber estar", que los
profesores, en el centro escolar, trataremos de afianzar para que la convivencia
con sus compañeros, el resto de profesores y trabajadores del colegio sea
productivo y satisfactorio para todos.
Es aquí donde surge la
importancia de la relación entre padres y maestros. El objetivo (la situación
ideal) es lograr un equilibrio entre los padres que delegan la educación al
maestro dando por hecho que es el único educador del niño y aquellos otros que
pretender dirigir, a su entender, la labor del profesor dentro del aula. Es
vital que entendamos, unos y otros, que la educación de los niños de cualquier
edad, es un barco en el que navegamos maestros y tutores (padres o no) de los
alumnos que serán el día de mañana adultos sanos y responsables. Eso sí,
necesitan ayuda para lograrlo y por eso la comunicación casa-escuela debe fluir
libremente y debe ser participativa por ambas partes. Sólo así lograremos una
educación efectiva para el futuro de nuestros hijos.
Julio Alberto De Pedraza
García
Profesor de Educación
Primaria
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