El tema de las
actividades extraescolares es un mundo, y como tal intentaremos analizarlo, si
bien es cierto que las opiniones y posturas al respecto son tan numerosas como
variadas.
Las actividades
extraescolares son un factor enriquecedor en la educación de los niños. Amplían
y complementan su formación, les ayudan a desarrollar y formar diferentes etapas
de su personalidad y además favorecen la convivencia, pero no podemos olvidar
que si un niño pasa 8 horas en el colegio, más una o dos de actividades
extraescolares, al final se cansa demasiado, haciendo que el "momento de los
deberes" sea un auténtico suplicio para toda la
familia.
Yo resumiría el objetivo
principal de estas actividades en uno sólo: conseguir que sean un estímulo a la
actividad educativa, evitando que la enseñanza quede relegada al ámbito del
aula.
Lo ideal sería que las
extraescolares se pudieran "combinar" con los deberes para casa, la gran
preocupación de los padres de hoy. Sin embargo, eso es sólo una utopía. Y el
principal motivo es que las actividades fuera del horario escolar muchas veces
se imparten en otro centro diferente del de estudio, por lo que la coordinación
resulta imposible. Además, no todos los alumnos participan en este tipo de
actividades, por lo que no se puede generalizar el tema de las tareas para casa
si no estamos en igualdad de condiciones...
Así las cosas, nos
encontramos ante un dilema, aunque no debería ser tal: ¿por qué elegir
actividades extraescolares frente a deberes? O mejor expresado, ¿pueden los
niños con todo? Evidentemente depende de la edad, pero la conclusión es la
misma: algunas veces es demasiado, y los niños acaban agotados. Sin embargo, es
cierto que en muchas ocasiones, los niños acuden a actividades de este tipo por
una razón muy simple: los padres no pueden / podemos recogerles a la hora de
salida del centro, y tienen que "hacer tiempo" y para eso, aprovechan para
reforzar el idioma, hacer deporte, teatro...
Por otra parte, y como
apunté en el artículo anterior, los deberes para casa son la manera que los
profesores tenemos de comprobar que lo que les hemos enseñado ha llegado a buen
puerto, que lo han entendido y asimilado. Es importante tener en cuenta que la
tendencia en los últimos años en la educación en España es dar menos
protagonismo a los exámenes, librando así a los alumnos del estrés y estado de
nervios que les provocan. Por eso la evolución continua es la única manera que
tenemos de asegurarnos de que los niños aprenden. Y esa evaluación continua
incluye, obviamente, el trabajo para casa, que debe ser realizado por el alumno
exclusivamente, y no implicar en ello a toda la
familia.
Entonces, si las
actividades extraescolares son beneficiosas y aportan al niño tantas ventajas y
los deberes son necesarios y enriquecedores también, no deberíamos, entre todos,
intentar que sean lo más compatibles posible?
Julio Alberto De Pedraza García
Profesor de Educación Primaria
Los años que nuestros
hijos pasan en el colegio son los más importantes de sus vidas. Los que más
marcan, los que dejan huella realmente indeleble, porque siempre nos acordamos
de las vivencias que tuvimos "en el cole", en uno u otro curso. Por eso debemos
cuidar mucho el bienestar de los niños en clase, vigilar que no se encuentren a
disgusto y que nos cuenten en casa cómo se sienten, qué les preocupa, qué cosas
les gustan y qué cosas no.
Pero en su justa medida.
No podemos hacer que se sientan "agobiados" o presionados. A veces es mejor
dejar que nos cuenten lo que y cuando quieran, y seguro que es más productivo
que intentar "sacárselo" cuando, a lo mejor, no es el momento
adecuado.
En todo este proceso,
somos los profesores los que debemos trabajar mano a mano con los padres. Pero
estableciendo unos límites, que por otra parte deberían estar determinados por
pura lógica. Algunas veces se da el caso de padres que "responsabilizan" a los
profesores del comportamiento de sus hijos en casa, porque dan por hecho que la
educación de los niños es cosa de los profesores. Nada más lejos. El profesor,
educador, maestro, es el encargado de transmitir conocimientos a los alumnos, y
además hacer que estén preparados para adquirir y asimilar esos conocimientos.
También es el principal motor para fomentar y posibilitar la creatividad del
alumno, pero siempre respetando su libertad. Sin embargo, es deber de los padres
que sus hijos tengan un nivel mínimo de educación y "saber estar", que los
profesores, en el centro escolar, trataremos de afianzar para que la convivencia
con sus compañeros, el resto de profesores y trabajadores del colegio sea
productivo y satisfactorio para todos.
Es aquí donde surge la
importancia de la relación entre padres y maestros. El objetivo (la situación
ideal) es lograr un equilibrio entre los padres que delegan la educación al
maestro dando por hecho que es el único educador del niño y aquellos otros que
pretender dirigir, a su entender, la labor del profesor dentro del aula. Es
vital que entendamos, unos y otros, que la educación de los niños de cualquier
edad, es un barco en el que navegamos maestros y tutores (padres o no) de los
alumnos que serán el día de mañana adultos sanos y responsables. Eso sí,
necesitan ayuda para lograrlo y por eso la comunicación casa-escuela debe fluir
libremente y debe ser participativa por ambas partes. Sólo así lograremos una
educación efectiva para el futuro de nuestros hijos.
Julio Alberto De Pedraza
García
Profesor de Educación
Primaria
Incluso una tragedia para la que no se encuentran adjetivos que la
describan, como la acontecida en Haití hace a penas dos semanas, puede servir
para hacer conscientes a los niños, y a nosotros mismos, de la importancia de
ser solidarios.
Cuando somos solidarios anteponemos las gratificaciones de los demás a las
nuestras propias pero, al ayudar a otros, también nosotros salimos
beneficiados. Por eso, educar la solidaridad en casa y en la escuela supondrá
una serie de indudables beneficios para nuestros niños y alumnos. Cuando
enseñamos al niño a ser solidario le estamos enseñando a ver el mundo que le
rodea de otro modo, desde una perspectiva que le hace valorar más lo que la
vida le ofrece, así como arelativizar
sus problemas cotidianos al compararlos con otros de mayor importancia, tales
como el que al principio de este escrito hemos comentado, aunque no hace falta
cruzar el charco y tampoco un desastre natural para darnos cuenta de lo,
realmente, afortunados que somos: personas sin hogar, niños abandonados, discapacidades,
maltratos...sin tener que salir siquiera de la manzana de nuestro barrio.
Cuando educamos en la solidaridad también estamos contribuyendo a mejorar el
desarrollo personal de los pequeños, les hacemos adquirir responsabilidad y
compromiso porque las personas nos hacemos personas en la relación con otros,
porque sólo mejoramos cuando intentamos mejorar a los que nos rodean. Educamos
para que aprendan a vivir en sociedad, para hacerles personas capaces de
resolver situaciones conflictivas, porque es en éstas, en los desafíos que nos
presenta la vida cuando las personas crecemos y sacamos lo mejor de nosotros
mismos.
¿Y cómo educar en la solidaridad? Pues valorando, reforzando todas sus conductas
sociales (compartir, ayudar, dar las gracias, saber pedir perdón, ponerse en el
lugar del otro...) informándoles, escuchándoles. Haciéndoles cumplir normas, así como
hacerles partícipes en juegos o tareas cooperativas. Mostrándoles la
importancia de su opinión y participación, del alcance de su mediación en
conflictos e injusticias...pero lo más importante: predicando con nuestro
ejemplo.
Educar al niño para ser solidario es el mejor remedio para muchos de los
problemas que hoy en día se dan entre ellos: problemas en relación con la
imagen, los estudios, tiempo libre, relaciones con los demás, las marcas,
drogas...
Por ello, padres y profesores debemos trabajar conjuntamente y ofrecerles
más y mejores modelos de referencia de los cuales puedan aprender. Aprender en
esta asignatura en la que todos, alguna vez, hemos aprobado "raspados".
Manuel tiene 14 años, cuando llega a casa
se encuentra un tanto solo porque ese día como otros tantos su padre no esta en
casa y su madre se esta arreglando para irse al trabajo. Su madre le ha dejado
la comida preparada y solo tiene que poner la mesa y comer, ante esto decide
encender la televisión por ser su única compañía en esos momentos.
Estas situaciones son encontradas cada
vez más en las familias, que sin darse cuenta están dejando pasar inadvertido el
espacio más importante de comunicación con sus hijos.
En la mayoría de ocasiones en que me he encontrado
con padres que tienen dificultades con sus hijos, no compartían este espacio
con ellos, ¿Cómo darse cuenta entonces lo que les ha pasado durante el día? ¿De
cómo comen?, etc. Supongo que todos cuando llegamos a casa queremos
encontrarnos seguros protegidos, valorados, recibidos, acogidos,... sin embargo
cuando cualquiera de nuestros hijos no tiene esta sensación, ¿Cómo después
pedirle que se comporte, que estudie, que sea responsable, etc.? Los hijos
necesitan de esta dedicación ya que alguien, bien sea el padre o la madre es
importante que compartan esos momentos.
¿Cómo
lograr entonces ese espacio de comunicación entorno a la comida? Para empezar dicen los especialistas que es
conveniente establecer la costumbre de realizar en familia, al menos una comida
al día. Partiendo de esa base, bien podemos acordar en cual de las comidas del
día podemos esforzarnos para estar juntos, y cómo ese espacio va ser para eso.
Tenemos que darle un trato preferencial y exclusivo centrado en el nosotros,
donde los ruidos externos, bien sean los del teléfono, móviles, televisión,
etc. sean expulsados de ese momento. ¿Quién no ha tenido la sensación de no ser
escuchado cuando quien se lleva toda la atención es la televisión y no la persona
que está hablando por ejemplo?
Además de que en ese espacio estén
ausentes este tipo de ruidos, tiene que ser un ambiente relajado, exento de
tensiones y discusiones banales. Si lo vemos así asociamos ese tiempo de la
comida a algo fundamentalmente positivo y placentero, inculcando en nuestros
hijos quela comida es un espacio en
donde uno se encuentra bien.
Además con este espacio de la comida fomentamos
y permitimos:
-
Fomentar el reparto de las tareas, de esa manera se les involucra en la
actividad que puede ser desde la preparación de la comida hasta recoger lo que
es la mesa. Y con esto les estamos ayudando a que asuman una responsabilidad y
que de esta manera ellos se encuentren valorados y se favorezca su
autoconfianza y autoestima.
-
Educa en conductas saludables para detectar posibles alteraciones o
trastornos del comportamiento alimentario.
-
La comunicación adecuada. En donde podremos dar la oportunidad a
nuestros hijos para que nos cuenten cómo ha sido su día, las cosas que se van
proponiendo en la familia, digamos que es también una reunión familiar, donde
se puede y se debe fomentar la participación. No conviene olvidarnos de que
para que una buena comunicación resulte efectiva es necesario una buena y
adecuada escucha, a veces hay que respetar los silencios.
La conclusión a todo este es que enseñamos
a nuestros hijos a favorecer su autonomía, al mismo tiempo que creamos un
entorno positivo que refuerza nuestros vínculos familiares actuando como factor
de protección y prevención hacia futuroscomportamientos en nuestros hijos.
Mª del Carmen González Rivas
Centro de Atención Psicológica y Familiar
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Cada año que pasa en nuestras vidas, como decía la canción de Mecano nos ponemos
de acuerdo para celebrar que un año acaba y otro empieza. Cuando estaba a punto
de comenzar el 2010 lance mis deseos al aire, pensando que estos tienen que convertirse
en propósitos, es decir que yo ponga de mi parte para que se puedan conseguir.
Y no me refiero a esos tradicionalistas: perder peso, dejar de fumar, etc. Sino
a aquellos que nos implican un cambio para nuestra vida.
Es tal el valor de la vida, que ya va siendo hora de despertar la esperanza,
de alimentar nuestros corazones con savia nueva, porque si algo es nuevo es porque
no se ha estrenado, no ha comenzado. Quizás sea este momento para estrenar,
para cambiar, para abrir puertas, para saber que se puede si dejamos atrás
nuestros miedos, nuestras preocupaciones y fomentamos nuestra autoconfianza.
Más allá de las circunstancias que nos rodean aprendamos a liberarnos de
nuestras eternas quejas, de echarle la culpa al vecino de lo mal que va este
mundo nuestro o de lo que nos sucede. Incurrimos en esto último cuando nos
dejamos llevar por la inercia y la rutina. Así les comento que en unos de sus
viajes a España el psiquiatra español Luis Rojas Marcos comenta la siguiente anécdota:
sentado al lado de una señora en el avión, está le comento que a dónde viajaba;
el psiquiatra le respondió que a España, esta le dijo que España estaba fatal,
que había mucho terrorismo, mucho maltratador, etc. A lo que el psiquiatra le
replico: ¿señora conoce a algún terrorista o maltratador? ¿Alguien de su
entorno lo es?... y así la señora tomo conciencia de que solo estaba hablando
por hablar pues no conocía a nadie con estas características. Es cierto que lo
negativo se cuela en nuestras vidas de la manera más sutil que a modo de voz
interna nos intenta convencer que somos insignificantes para poder cambiar las
cosas. Pero ¿por qué no empezar por nosotros? Quizá sea también la hora de
mirarnos con una mayor benevolencia, de marcarnos nuestros pequeños objetivos.
De mirar lo que quiero cambiar de mi mismo, lo que quiero dejar y conservar y
lo que tengo que aprender a aceptar y así pensar ¿Qué puedo hacer para mejorar?
Desde luego lo importante es no amontonarse, y al menos detenerme en un principio
en algo que me cueste un poquito menos, dedicar un ratito a saber cómo llevarlo
a cabo para que no permanezca en nuestra cabeza a modo de preocupación tal que
de esa manera en vez de ayudarnos nos produzca el efecto contrario. Y por su puesto
lo fundamental marcarse un plazo para llevarlo a la práctica.
Si es cierto que año nuevo es vida nueva, vamos a vivirla como un autentico regalo
que quizá esos Magos de Oriente dejaron en nuestras casas confiando en que nosotros
nos alegraríamos al recibirla, porque "No importa que no esperemos nada dela vida, sino que la vida espere algo de nosotros". Mucho ánimo pues
tenemos un año con mucho trabajo por delante. ¡Feliz 2010!
Mª del Carmen González Rivas
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