Escuela Padres
GRANDES PROBLEMAS PARA LOS MÁS PEQUEÑOS. | GRANDES PROBLEMAS PARA LOS MÁS PEQUEÑOS. |
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No digo yo que, muchas veces, el mayor problema de nuestros niños sea el de no querer comerse el plato de guisantes o el de no querer ponerse ese jersey rojo tan mono y tan caro que le compramos y que ni siquiera han estrenado… No obstante, ya sean pataletas tontas u otros problemas más serios los que les preocupan, tenemos que darnos cuenta que siempre “van a venir grandes” a los pequeños porque no saben y no están preparados para afrontarlos, tratarlos, ni para darles solución. Ellos no pueden, como nosotros, sentarse tranquilamente a razonar la situación que les genera angustia, no pueden sacar los “pros” y los “contras” de la misma, así como pensar posibles soluciones y sus consecuencias. No pueden porque son niños y necesitan que nosotros, los adultos, les enseñemos a hacerlo. Necesitan que les enseñemos a afrontar sus problemas, por pequeños que sean, para que, poco a poco, sean capaces de ir haciéndolo por ellos mismos y aprendan a lidiar con todo aquello que les causa sufrimiento o preocupación. En otras palabras, con nuestra ayuda se irán formando “personitas” que sean capaces de ir creciendo en tamaño y mente y que, de forma progresiva, vayan aprendiendo a superar las adversidades que se presentan en esta vida. A continuación, me gustaría sugerir algunos de los pasos a seguir para enseñar a los niños a tratar sus problemas. Algunos podrán pensar, según los leen, que son muchos y complicados para llevar a cabo con los más pequeños, pero, mi consejo es ser pacientes e ir enseñándoselos ordenadamente y, poco a poco, ir introduciendo más a medida que van asimilando y poniendo en práctica los primeros. Con aquellos niños que nos cuentan “todo” sin tener, siquiera, que preguntárselo, el aprendizaje y seguimiento de estos pasos será mucho más fácil y rápido. Sin embargo, con los más retraídos o callados, será necesario que seamos nosotros los que les “empujemos” a que hablen y nos cuenten aquello que les preocupa y éste será, de entre los pasos a seguir, el primero de todos. Pongámonos en el supuesto (aunque, tampoco, extraño) caso de que nuestro hijo o alumno, tiene grandes dificultades en una de las asignaturas, así como una mala relación con el profesor o profesora de la misma. Esta situación va a generar en el niño sensaciones de ansiedad, frustración, tristeza, preocupación o, por otra parte, de apatía, rechazo o manía hacía la asignatura y hacia el profesor y, posiblemente, no quiera hablar de ello con sus padres u otros profesores, bien por vergüenza, bien por temor a que le regañen o ser castigado. Entonces, el primer paso, tras detectar en la actitud del niño preocupación, tristeza o, simplemente, “que algo no marcha bien”, será animarle a que exprese su problema, lo que le hace estar así. “Nicolás, hijo, ¿qué es lo que te ocurre?; ¿Qué es lo que te pone triste o te hace sentir mal?; ¿Hay algo en lo que yo te pueda ayudar?...” Esto que a nosotros nos puede parecer algo fácil de hacer, puede resultar difícil a los niños ya que todavía no saben bien cómo expresar sus dudas y preocupaciones, sus sentimientos o hacer al adulto ponerse en su lugar. Por ello debemos animarles y facilitarles la situación, hacerles ver que les entendemos y que podemos ayudarles, para que se expresen libre y llanamente y a partir de aquí ir empezando a solucionar “el dilema”. El segundo paso será ayudar al niño a plantear el problema. Para ello deberemos preguntarle los motivos por los que se da este problema (falta de estudio, que no entiende lo que el profesor explica en clase, que se aburre y no presta suficiente atención, etc.), por las personas que están implicadas y su actitud ante el problema (si el profesor le intenta ayudar o, por el contrario se enfada y le castiga; si otros amigos y compañeros comprenden su situación y le intentan echar una mano o bien, se burlan de él o le distraen en clase, etc.). Este segundo paso va a tener una gran importancia, porque si el niño no se plantea el problema, tampoco se planteará la posibilidad de mejorarlo y lo tomará como algo inevitable. El tercer paso consistirá en hacer una lista de posibles soluciones. En esta fase pediremos a nuestro hijo o alumno que, junto con nosotros, haga una lista de todas las posibles soluciones al problema que se le ocurran, desde las más realistas, como por ejemplo, dedicar más horas de estudio, pedir a sus amigos o a algún adulto (padres, otros “profes”, etc.) que le expliquen aquello que no entiende, acudir a clases particulares, contar al profesor de la asignatura en cuestión las dificultades que tiene para que éste entienda su situación y piense en diferentes maneras de reforzarle para que vaya, poco a poco, progresando en la misma, etc., hasta las más radicales, como por ejemplo, dar por perdida la asignatura, copiar y hacer trampas en exámenes, enfrentarse con el profesor, etc. Este tercer paso incluye, también, el imaginar las posibles consecuencias de las soluciones dadas. Tendremos que enseñar a nuestro niño a valorar las ventajas y las desventajas de todas y cada una de las soluciones propuestas, para, de esta manera, ir eliminando aquellas que resulten ineficaces. Por poner un ejemplo, entre las ventajas de la solución “copiar en los exámenes” estarían el aprobar sin hacer ningún esfuerzo, sacar, quizá, notas más altas, pero sin embargo, entre las desventajas se encontrarían, la posibilidad de ser “pillado” y suspendido, perder la confianza del profesor, el remordimiento de saber que no está actuando bien y no está aprendiendo nada, lo que agrava aún más el problema ya que, incluso aprobando la asignatura, la falta de conocimientos seguirá estando ahí en el curso siguiente…Por lo tanto, esta solución ¿acarrea más consecuencias positivas que negativas, o al revés? Negativas, claramente. Descartada, pues. Y es a esto, a lo que tienen que llegar nuestros niños por sí solos. Deben poner en una balanza las ventajas y las desventajas de cada solución, y a partir de ahí actuar con lógica y criterio. Cuarto paso: Elegir la mejor solución y llevarla a la práctica. Después de hacer todo lo comentado en la anterior fase, el niño deberá elegir aquella solución que él vea más acertada y ponerla en marcha. Si por ejemplo, el niño ha llegado a la conclusión que “dedicar más tiempo de estudio a la asignatura” es la solución más adecuada, deberá comprometerse a cumplirla y ser responsable en la decisión tomada. Deberá saber que no sólo bastan buenas intenciones, que es necesario tener decisión, ganas y fuerza de voluntad para alcanzar todo aquello que se proponga. Y por último, el paso número cinco: Evaluar los resultados. Habremos llegado al final de este largo camino si, una vez que el niño ha puesto en práctica la alternativa seleccionada, las cosas van saliendo según lo previsto (el niño va superando sus dificultades en la asignatura). Pero si, en cambio, no se alcanzan los resultados o las metas propuestas, entonces, tendremos, junto con el niño, que volver a considerar las diferentes soluciones o volver a plantearnos el problema desde nuevas perspectivas. Pero, incluso, en esta situación será importante hacer ver a nuestro niño o alumno que un problema, por grande que lo vea él, no es “el fin del mundo”; hacerle comprender que a lo largo de la vida tendrá que enfrentarse con muchas situaciones incómodas y frustrantes, pero que si aprenden a llevarlas con lógica, paciencia, optimismo y control, éstas les harán más fuertes y les harán ganar confianza en sí mismos, así como una mayor capacidad de decisión. Para terminar, me gustaría decir a los lectores que espero que este artículo les sea de ayuda en un futuro y, a la vez, desear que el mayor problema de sus hijos sea el de ¡romperse el pantalón jugando al fútbol con los amigos! Un abrazo y mucha suerte para todos.
Marta Iranzo Duque.
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