Según recoge Wikipedia,"se
entiende por conciliación familiar y
profesional a la serie de acuerdos sociales al que llegan los
empleadores y empleados en los procesos de negociación colectiva para permitir
que la asistencia a hijos menores o personas dependientes pueda ser más
compatible con la vida laboral".
En España el Ministerio de Administración Pública y los
sindicatos representantes de los funcionarios, firmaron un acuerdo en 2006
denominado Plan Concilia que tiene como objetivo mejorar sustancialmente las
condiciones de trabajo de los funcionarios con el objetivo de mejorar la
conciliación entre la vida laboral, personal y familiar de los empleados
públicos del Estado Español.
Posteriormente el Parlamento español aprobó la Ley de
igualdad que también incide en mejoras de tipo social para mejorar las
condiciones laborales y permitir una mayor conciliación entre la vida laboral y
la vida familiar.
Y hasta aquí llega la teoría.
Está muy de moda hablar de la
conciliación de la vida personal y laboral en las empresas, pero son realmente
muy pocas las iniciativas útiles que se han emprendido al respecto, y que vayan
más allá de una simple programación de permisos justificados y retribuidos por
nacimiento, enfermedad grave de un familiar, cuidado de los hijos pequeños,
ampliación de estudios, etc.
Para Ana González Martín, responsable de Responsabilidad
Social Corporativa de Alta Gestión, estas iniciativas suponen una visión
incompleta de la conciliación y "en
general no contemplan un hecho determinante: a las empresas no les gusta
prescindir por largas temporadas de personal productivo y eficiente, por más
que dichas ausencias no les cuesten nada, o incluso aunque esté prevista y
presupuestada la sustitución".
Entre estas medidas de "conciliación efectiva" están la adaptación de los
horarios laborales a las necesidades de la familia, (que es una medida de
conciliación bastante evidente, por ejemplo, hacer jornadas intensivas todo el
año, y no turnos partidos con horas para comer), la explotación y
aprovechamiento de las nuevas tecnologías para que puedan ser aprovechadas por
el trabajador para trabajar desde casa sin reducir productividad y ayudar a los
trabajadores a que cuiden a sus
familiares dependientes (en general niños, ancianos y enfermos), sin que por ello
tengan que abandonar su empleo.
Pero la realidad es que son muchas las mujeres (porque son casi siempre
personas del sexo femenino) las que se ven obligadas a renunciar a su trabajo
aunque económicamente no puedan permitírselo, al no tener ayuda para compaginar
casa y trabajo.
¿Dónde están los horarios compatibles con los del colegio,
las guarderías en los centros de trabajo o las jornadas intensivas todo el año?
Quizá algún día se conviertan en realidad, esperemos que esto ocurra antes de
que nuestros hijos sean padres...
Hace una semana y pico que estoy a dieta. Esto, sumado al gimnasio en el que
empecé hace meses y al que voy todos los días que puedo, debería hacer que, en
breve, tuviera un cuerpo que quita el hipo.
Pero amigas, seguir una dieta no es tan fácil, como bien sabéis algunas. Y
es que realmente no deberíamos hacerla, sino que hay que aprender a comer, que
es lo que al final terminan consiguiendo las dietas "buenas".
Nosotras, y hablo en plural porque he empezado a la vez que algunas foreras
de Demadres, alguna además blogera
;-), hemos empezado una dieta algo peculiar (gracias, Punchis!). Durante unos
días no tomamos grasas, pocos hidratos de carbono, otros días sólo fruta, otros
es "fiesta"...en fin, que unos días
compensan a otros y la verdad es que funciona.
La primera semana la seguí a rajatabla (excepto por una comida en que me la
tuve que saltar, pero no fue culpa mía: fue de unos huevos estrellados que me
llamaban). Resultado: pérdida de peso.
La segunda semana (o sea, ésta) ya he cambiado algún día. Me la salto y
pienso: "hoy hago la dieta del domingo, que se puede comer de casi todo, y el
domingo haré viernes". Al final, resulta que me lío con los días, y llevo dos
domingosL. Sí, amigas dieteras,
¡mis semanas tienen dos domingos!
El caso es que me he dado cuenta de que lo primero que hay que hacer es
mentalizarse. Cuando te haces a la idea de que "el lunes empiezo" y llega el
lunes y de verdad empiezas, es un enorme paso hacia el cuerpazo. Sólo por
empezar deberían hacernos un regalo (o deberíamos hacérnoslo a nosotras
mismas). Y hay días de cuesta arriba (la casa, el trabajo, los niños, y.... la
dieta!!) en que creo que la vida no es justa. Después veo el anuncio de
cereales, ese en el que una chica (tipazo, por supuesto) salta de un barco con
un bañador rojo (por cierto, precioso, si alguien sabe dónde puedo encontrar
uno igual, que me llame pero yaaaa) y me digo "yes, I can". Pero cuesta y
muuucho.
En fin, que ya os iré contando, esto va pero que muy bien.
Y ahora os dejo, que es mi tercer domingo de esta semana y voy a tomarme
algo ;-D
Hace años, cuando era "jovencita" nunca tomaba
café. No me gustaba, para mí
era esa bebida amarga que a veces me
obligaba a beber si estudiaba de noche y la Coca Cola ya no me
hacía efecto. La única ocasión en que bebía café, aparte de la época
estudiantil, era después de cenar si me
invitaban a una boda, para aguantar "el trasnoche".
Pero de unos años a esta parte, sobre todo desde que soy madre,
me declaro abiertamente
adicta al café. Al principio era sólo una manera
de "despertarme" por las mañanas
en el trabajo de turno. Pero poco a poco empezó
a gustarme y ahora hay días en que me
tomo uno por la mañana
y otros caen dos (aunque hay días, también es
verdad, en que no tomo café).
Me parece una excusa estupenda quedar para "tomar
un café", aunque después te tomes un zumo
de naranja o cualquier otra cosa. La frase es ya una tradición, ya sea por la mañana,
a media tarde o incluso por la noche. Salvando
la hora del aperitivo, sagrada en nuestro país (afortunadamente),
cualquier momento
es bueno para quedar y tomar un café.
Hace unos días, alguien preguntó: "nos tomamos
un café?" y otro alguien contestó "prefiero Coca Cola". Pero la idea es la misma:
compartir un rato, una conversación, un
proyecto.... Y de esto se aprovechan, cómo no,
las grandes empresas. Me explico: antes ibas a
un bar o una cafetería. Ahora puedes ir a un café, Coffee Shop o como
más te guste. Además
cada vez hay más modelos
de cafeteras monodosis, el colmo
de la simplicidad y la comodidad
(y que conste que yo tengo una que mi amado
esposo pidió a Melchor, y aunque no venga George Clooney a prepararme
el coffee cada mañana, no me
quejo). Antes te tomabas un café con leche,
cortado, solo o con hielo. Ahora te puedes pedir un capuchino, un suizo, un
vienés, un irlandés (esto parece un chiste), con leche entera, desnatada, de
soja, con sacarina, azúcar blanquilla, azúcar moreno....
En fin, que para poder trabajar en algunos Cafés hace falta un máster.
El otro día quedé con una de mis hermanas
para desayunar. Yo pedí un café largo de café, con leche desnatada y azúcar moreno
(y un toque de canela). Mi hermana un café
descafeinado con leche de soja y sin azúcar. Yo pedí la leche fría y ella bien
caliente. La cara de la chica que nos atendió, como
diría mi madre,
era un poema.
Estoy empezando a salir del shock que me produjo que mi hijo, antes de
cumplir los dos años, aprendiera a decir "NO".
-¡Pablo, a bañarte!- NO
-¿Quieres esta cena tan rica?- NO
-Dale un beso a mami, que si no se pone triste- NO
-¿Te apetece un poco de chocolate (palabra mágica)? - Nnnn... eehhh Siiiii (Bien!)
Cuando esto ocurre, aunque los "expertos" nos digan que es normal, que ya
tiene edad de elegir, que es parte del desarrollo del "bebé", no puedo evitar
que me entre una sensación de "¿es que no me quiere lo suficiente?", sobre todo
cuando su hermana, dos años mayor, nunca pasó por esta etapa.
"Es que cada niño es un mundo". Y que lo digan. Pero cuánto dura esta etapa
de negación? Pues también depende... todas las etapas por las que pasan los
niños, bebés y no tan bebés, terminan (supuestamente) en algún momento. Cuando
tenemos un hijo solemos cometer el error de hacer caso a amigas, madres,
suegras, hermanas.... Consejos que no siempre nos ayudan sino todo lo contrario.
"Lo que tienes que hacer es dejarle llorar, nunca te lo lleves a tu cama", y tú
llorando en el pasillo como una tonta esperando a que pase la perra. Eso sí, en
unas semanas el niño duerme del tirón como los ángeles (si te haces fuerte, te
atas al sofá para no levantarte, convences al papi para que no vaya y
cronometras al segundo la "llantina", libro de autoayuda en mano).Con el segundo estás más cansada, pasas
olímpicamente de los consejos de terceros y terceras, y, como es verdad que
cada niño es un mundo, si al tercer día no funcionan los métodos, coges al
niño, te lo comes a besos y le metes en tu cama. Y si quieren los expertos, las
suegras y madres, que vengan a dormirte al retoño, porque tú necesitas
descansar. Mi madre dice "ya se le pasará, ningún niño de quince años duerme
con sus padres". Sólo espero que no sean tantos...
Dicen los "entendidos en la
materia", profesionales ellos de la infancia (psicólogos, "juególogos",
pediatras y educadores) que cuatro es el número máximo ideal de juguetes para
regalar a los niños por su cumpleaños o Navidad. Con más corremos el riesgo de
que se aturdan y saturen, que no fijen su atención en ninguno de ellos,
obviando así las "propiedades educativas" y dejando de valorar lo que realmente
pueden aportar a nuestros hijos y su educación lo que mi padre llama "los
juguetes de hoy en día".
Con estos datos, me pregunto si
debería alquilar un camión para deshacerme de los quinientos vehículos con
ruedas que mi hijo pequeño (entre coches, motos, camiones, remolques, tractores
y trenes) tiene esparcidos por la casa. Quisiera decir por su habitación, pero
estaría faltando a la verdad. Además están los peluches de mi hija "mayor",
todos animales, unicornio incluido, y los bebés con sus biberones, con los que
ahora no juega porque está pasando un momento "sólo quiero barbies, tacones y
vestidos de princesa". Podría llenar cajas con juguetes que nunca utilizan. De
hecho, en vísperas de Navidad, sensibilizada por las fechas y por mi condición
de madre, amén de de ver una oportunidad para liberar espacio en mi casa y
dejar de patinar por el pasillo encima del camión de bomberos de turno sin
haberlo visto siquiera, llené una caja de cartón enorme, de las que traen dos
paquetes de pañales y que a veces guardo por si acaso, con todos aquellos
juguetes "olvidados". La aparqué en la terraza hasta encontrar el momento
adecuado para llevarla a la parroquia o al colegio de mis hijos. Pero ellos,
conectando su "radar encuentra juguetes" parecido al que tiene su madre cuando
entra en Ikea, dieron con la consabida caja. Y cual sería mi sorpresa al
escuchar sus gritos de alegría y admiración parecidos a los de la mañana de
Reyes ante esos juguetes que llevaban meses en su habitación y a los que ni
siquiera miraban, pero que en otro contexto, hacían las veces de "regalo super
sorpresa".
Yo ya había leído y oído que es muy bueno, en los casos en que la
cantidad de juguetes en casa es excesiva, guardar parte de ellos y sacarlos
otra vez al cabo de unos meses, guardando los "habituales".Una vez me sorprendí muy gratamente cuando
una periodista le preguntó a la modelo Laura Ponte qué iban a regalar a sus
hijos (en ese momento de muy corta edad) por Navidad y ella contestó: "vamos a
sacar los del año pasado que tenemos en un armario, porque son muy pequeños y
no se enteran". Pues eso.