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Una llamada me despertó aquella mañana. Tardé en responder
porque estaba entregadísima a Morfeo. Insistió hasta conseguir despertarme.
¿Quién es? Fede... soy yo, Gerome. No necesitaba oir más. Escribí una nota a mi
marido y salí.
Me costó encontrar el coche, porque no recordaba dónde lo
había aparcado. Cuando entré y arranqué, no pude más y rompí a llorar. Todavía
olía a su perfume, que le acompañé a comprarse justo el día antes. Sino llevo
perfume -solía decir con humor- huelo a vieja. Ya no podía andar, pero seguía
riéndose de todo.
Conocí a Linda, a mi tia Linda y al tio Gerome, nada más
llegar a Londres. Ella era prima de mi madre. En una ciudad nueva para mí, la
conexión familiar facilitó mucho las cosas. Todavía más si ellos eran tan
cariñosos y divertidos. Linda no era una señora común. Teñía el pelo de todos
los colores del arco iris, -no todos a la vez, claro- "por si me pierdo, así me
encuentran más fácilmente". No seguía la moda. "¿La moda?... La moda soy yo".
Alternaba ropa japonesa, india, árabe, tirolesa... Y en los últimos años no se
vestía con ropa tribal, que conservaba de algún viaje, por vergüenza ajena,
porque la propia la desconocía. La vida le regaló un marido que parecía un actor
de cine de los de antes, pero real. Guapo, alto, bueno y muy bromista. Nunca
olvidaré la primera vez que estuve en su casa. Todo era muy formal y me
dio un vaso que goteaba cada vez que bebía y me empapé todo el
pantalón.
Los últimos meses, días, Linda sabía que se estaba apagando,
pero me pidió que le llevara a comprarse el perfume. Lo poco que le quedaba no
quería lágrimas. Sólo una persona de gran fortaleza puede superar el miedo a
morir. Ella, si lo sintió, no fue un obstáculo para que
disfrutáramos en sus últimos días. ¿Y la pena de dejarnos? Yo ya estaré muerta y
no sentiré nada. ¿Y nuestra pena de perderte? La vuestra se irá atenuando y me
convertiré, seguramente, en un bonito recuerdo. ¿Por qué llorar entonces?
Murió con una sonrisa, o su boca ya tenía esa expresión de
tanto que había reído a la vida. Le estampé un beso eterno. Olía muy bien. Ahora
la pena se iría atenuando...
Necesitaba un recuerdo suyo y, al entrar en el baño, vi su
perfume... Si había sido capaz de quedarme con un bebé que no era mio, un frasco
de perfume era peccata minuta. Creo que Gerome supo que me lo llevaba,
porque cuando me fui, me miró el bolso, abultado por el frasco del perfume, y me
sonrió.
Esta semana estreno perfume. No hay que abandonar nunca las
fragancias, ni la sonrisa.
Mercedes Martel
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