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La vida está llena de ellas. Cuanto más grande eres, mayores son tus
decepciones. Mientras tengamos grandes expectativas, más se ensañan contigo
esas grandes enemigas temporales. Pero lo bueno es que pasan. Te caen como un
jarro de agua fría, como una piedra en la cabeza, pero luego se van. Tienes que
recomponerte del palo, ponerte hielo o lo que toque, pero luego has hecho un
hueco para otras expectativas, otras historias, otras personas. La puerta,
siempre abierta, aunque te la hayan aporreado mal. Selección o no, luego las
cosas se van colocando, ordenando por prioridades, las redefines... cambian o se
van. A veces los que se van da una gran pena, otras es una suerte de liberación.
Amorosas, de amigos, familiares, de planes, laborales... hay tantos tipos de
decepciones como historias y personas nos cruzamos. Fallamos, nos fallan. Es
que somos humanos. Y tan diferentes. Qué se le va a hacer.
Lo importante es mirar de frente, al frente y no jugar al frontón, que
te rebotan. Y la peor decepción, la de uno mismo.
Esto podrían firmarlo Mortadela o Federica, o cualquiera que lo esté
leyendo. ¿O no?
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