| La Rampante, con el velo, en Teheran |
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Cuando me presentaron a Ali, yo tenía quince años. Ya os contaré su historia. (Cuando necesite elevar la tensión sexual) Ahora, lo siento, he de centrarme. Llamar a Ali no era un cuestión sentimental, sino profesional. Él también era periodista. Ese viernes cerré más pronto las previsiones del programa y decidí llamarlo. Paty Diph, desde hoy mi asesora y ayudante de contenidos, me había sugerido entrevistar al Presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad. Sería -según la irónica Paty- un bombazo. "Saben que hay un león dormido en Irán que está despertando y si se despierta todas las relaciones en el mundo cambiarán". Detrás del león dormido está el hombre que desafía a Occidente con un progama de armamento nuclear. Yo tenía que entrevistar a ese gran domador del león persa. ¿Me cubriré la cabeza?... No me dieron opción. Os cuento cómo fueron los previos. Tras la emoción de oir a Ali despues de tantos años, él resultó clave para llegar a la cúpula iraní. Tuvimos que ir a Teherán a hacer la entrevista. Sus fuentes nos dijeron que debía hacer la entrevista con la cabeza, hombros y piernas cubiertos. Me daban ganas de aparecer con una minifalda y un top bien ceñidos. Pero quería esa entrevista. Nos pidieron directamente las preguntas. Nada de imprevistos. Intentaron delimitar mi trabajo, en formas y en contenido. No pudieron pedirme abiertamente que no preguntara sobre armas, ni religión, pero sabía que Ahmadineyad iba a esquivar los temas escabrosos. Como así fue. Pero, ¿para qué os voy a engañar?. Yo quería la foto, como los políticos. Quería la imagen de una entrevista con uno de los presidentes más carismáticos y controvertidos del mundo. Si además hablaba, mejor. Un traje de chaqueta pantalón, en tonos verdes, rojos y blancos (los colores de la bandera iraní) y un pañuelo en la cabeza fue el "look" más adecuado que encontró mi estilista, Ketty Path. Me sentía muy extraña con mi pelo rubio cubierto. También tuve que abandonar en Londres mi taburete azul pitufo. Los dos sentados a ambos lados de una mesa, a la misma altura y con una distancia prudencial. El saludo fue muy cordial, pero distante. Como si le dieran miedo las mujeres. Su baja estatura al lado de la mía, que además iba con tacones, debió de imponerle. Si es que algo le impone a este señor. Sus argumentos, los propios de un islamista muy conservador. De las mujere, ni hablamos. ¿Siguen con su programa nuclear? Las nuevas sanciones contra mi país carecen de validez legal, me contestó. ¿Libertad de expresión? Ni entró... 5 años en el poder avalan mi política y que los iraníes quieren un líder con mi perfil. Hablar con el presidente iraní fue como hablar con un muro. Impenetrable y hermético donde los haya. A las pocas horas estaban pasando la imagen de mi entrevista y el mundo me vió entrevistando a uno de los líderes más poderosos. Mientras veía los cortes de la entrevista, lo celebré con mi viejo amigo Ali. Mucho más europeo, que cualquier español que conozco... Mi viejo amigo Ali... Me pongo nostálgica y en este momento no me lo puedo permitir. Un día os contaré su historia. La historia de mi viejo amigo Ali.
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