Hemos oído que la muerte forma parte de la vida. Nacemos, crecemos, nos desarrollamos, envejecemos -con suerte- y nos morimos. Lo hemos estudiado desde el cole. Con los hijos, el tiempo corre más despavorido. Sin ellos, te cunde más para dedicarte a tí, pero se va igual. Leímos a los filósofos y escritores sobre la obsesión del paso del tiempo. Digan lo que nos digan, nos resistamos o no, empleemos el tiempo bien o mal, siempre nos acabamos yendo.
También se van los nuestros. Una vez me crucé con la eterna e impecable presentadora de los telediarios, Ana Blanco. Acababa de morir mi padre. Me preguntó un "qué tal" a forma de saludo y un "muy mal" me salió del alma. ¿Por qué?, me preguntó. Mi padre murió este verano. Vaya, dijo. Yo, intentando quitarle hierro al rápido encuentro de pasillo le dije, bueno, es ley de vida... Ya..., me contestó, ...pero es duro.
Y tanto que duele. Hoy tengo la imagen de una familia muy próxima. A mi amiga Isabel se le ha ido su padre. Se le ha ido un trozo de vida. Y el trozo más grande se lo han arrancado a su madre. Begoña vivirá siempre con José Luis. Porque los maridos de oro no se van. Pero ya no podrá verlo y eso duele harto.
Ahora toca el duelo. Begoña madre e hija, Ludi, Belén, Jose, Marta, Alfonso y Tito... e Isabel. Una madre, 8 hijos y decenas de nietos, de más a menos, sufrirán ese vacío que parece infinito, irrellenable, inconsolable...
El tiempo pone una pátina. Mientras enfriáis el dolor, gran familia, que recibáis muchos, muchos abrazos y compañía. Yo desde aquí os envío uno muy sentido. También a todos los que hayan perdido recientemente algún ser muy querido.
Buena semana
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