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Mercedes Martel
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Porque ya no son Mary Poppins
No es que carezca de temas maternales que compartir, es que sigo obsesionada con el de las chicas y “ni contigo ni sin ti, tienen mis males remedio”... Antes, porque sólo deseaba que se fuese la que trabajaba en mi casa, porque me hacía una desgraciada. Y ahora, con la actual (que lleva algo más de un mes) sufro en constante temor de que va a desaparecer, de que el próximo lunes no vuelve...
De hecho, hoy se ha retrasado y ya pensaba lo peor. Pensaba en una madre que me contó que había tenido 12 chicas en 4 años... O en otro caso de una madre que cayó en depresión por no resolver este asunto. Y es que somos, en cierto modo, esclavas de ellas. Ellas necesitan el trabajo, pero pueden cambiar de familia alegremente... Nosotras no podemos cambiar de chica porque no son Mary Poppins, y, sobre todo, si nuestros hijos son pequeños.
El otro día me sorprendí a mi misma ¡haciendo funciones de “detective privado” frente al parque! La chica no volvía con la niña y decidí salir a hacer cosas. De pronto se me ocurrió ir a un jardín donde podía estar y la encontré. Como ella no me veía, me quedé agazapada en el coche, aparcada a escondidas y ¡¡¡la vigilé!!! Esto es de locos... ¿o seré yo que el apartado “chicas” me está desquiciando...?
Un día acabaré cantando... “Super-califra-gilisti-cuespi-alidoso...”, y luego por el techo bailando...
Hablando en serio, lo cierto es que dejar a los niños en manos de desconocidas es una verdadera lotería, con el agravante de que son nuestros hijos los que están “en juego”. Qué fácil sería con abuelas jóvenes, con acceso fácil a guarderías o trabajos conciliadores...
Pero la realidad se resiste a ponernos fácil las cosas. Igual siempre ha sido complicado y ahora nos quejamos de vicio.
Pero quejarse, desahoga y desahogarse es muy terapéutico. Os animo a quejaros, sobre todo para no sentirme la “plañidera solitaria”. Venga, que la queja es un gran alivio. No os reprimáis vuestros lamentos. No me hagáis sentir la madre más llorona de las madres de Madrid. Gracias.
Mercedes Martel
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Mercedes Martel
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Madres “single”: Mis heroínas
Había nacido mi hijo mayor, cuando una oleada de amigas ya maduritas como yo, me decía que quería ser madre sin haber encontrado un novio con futuro común cierto. Yo les recomendaba que esperasen varias ovulaciones para cerciorarse de que no es un ataque hormonal, porque si entre dos ya es difícil educar a un hijo, una sola deber ser para cátedra.
Yo me ví obligada a estar sola el primer año de vida de mi hijo mayor, porque mi amado marido estaba trabajando fuera de España. Y el fin de semana volvía su cuerpo, o lo que quedaba de él... No voy a detallaros la “gincana” que me recorría. Sólo recuerdo que cuando llegaba a trabajar (a eso de las 8 de la noche) y empezaba mi jornada laboral, estaba ya extenuada y que por el día mi obsesión era dormir al niño para poder dormir yo! ¡¡¡Qué pesadilla!!!
Corría tanto que me quedé ósea, o sea, en los huesos. Quizá lo único bueno de esa etapa es que conseguí recuperar mi vestuario de antes de embarazarme. Pero con tantas prisas, los dislates. Un día salí de casa con una bota de cada color, una color piel y otra granate... y lo peor fue que en el trabajo se pensaron que lo había hecho intencionadamente...
Fue más grave el día que subí a mi hijo al coche y me dejé el carrito en la calle... Menos mal que no me dejé al niño en el carrito en la calle... Y lo increíble es que horas después volví al lugar de los hechos, rastreé la zona y lo encontré.
Al margen de las carreras, los despistes, el estrés y la falta de sueño, lo que más me pesa es lo poco que podía disfrutar de mi hijo.
Entonces idolatré a las madres solteras, separadas o viudas, aquellas que cada día y cada noche son únicas responsables de los seres que más nos importan. Desde que soy madre las veo como heroínas. Ellas son verdaderas “superwomen”. Madres en exclusiva, madres y padres, madres doblemente entregadas. Que sirva este modesto blog para recordarlas.
Mercedes Martel
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Mercedes Martel
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El día después de las elecciones generales llegué al trabajo con el ánimo por los suelos. No porque hayan ganado los socialistas, ya estoy ausente de la política nacional,
sino porque mi hijo había llorado cuando se despertó. No me explicó las razones de sus lágrimas, pero después me preguntó si podía invitarle a mi trabajo... Verde y con asas...
Al margen de mi situación personal actual, que sólo me permite ver a mi hijo cuando le llevo al colegio, los lunes son duros para todos. Especialmente para las madres de niños pequeños. Sales de casa para ir a trabajar, -al menos, yo- con pena, congoja y con una sensación de gran contradicción, porque yo lo que realmente quiero es estar con mis pequeños y ellos conmigo. Curioso el cambio de sentimiento, porque confieso que el primer año de primer hijo ir a trabajar ¡era un descanso! Quizá porque era como una madre soltera de lunes a viernes. Me pasaba que cuando me sentaba en la silla, no me sentaba, ¡me desplomaba!. Era una liberación no tener que estar pendiente de un pequeño ser, desde que me levantaba hasta que lo bañaba. ¡Y sin su padre!. Otro día dedicaré unas líneas a las madres solteras o viudas, porque se merecen –en mi opinión- un monumento.
Decía que ir a trabajar me resulta ahora muy traumático. Porque es una renuncia demasiado grande. Porque este momento pasa volando. Y no vuelve. Y los niños crecen irreversiblemente.
Cuando me desahogo con alguien y confieso mi sufrimiento en este tema, intenta consolarme argumentando que “es una época y que pasa”... Siento entonces la misma rabia que cuando oigo a un político hablar de conciliación familiar. Claro que pasa, sí, pero también pasa el tiempo por ellos, dejan de ser los niños que son para ser personitas mayores, que ya no necesitan tanto de ti, ya puede ser tarde... Pero se encuentra muy poca empatía en este sufrimiento de las madres. O hay “patías” diferentes. Porque no todas las madres sienten igual el distanciamiento de los hijos cuando van a trabajar. También dedicaré un capítulo a las madres “liberadas” de su maternidad.
Yo no pensaba que iba a convertirme en madre “activista”, porque tengo hijos por haberme enamorado, no por vocación. Yo NUNCA me planteé ser madre... No sentía ningún instinto maternal... Y ya véis, ahora escribiendo monográficos... Ahora soy de las que vivo para mis pequeños, aunque nunca dejo de buscar mis espacios, tan importante para ellos y para nosotras.
Ahora soy de las que sufro cuando voy a trabajar y me reparto como un funcionario de correos para estar el máximo tiempo con mis hijos.
Esta semana me he enterado que me dan 30 euros por hijo. No lo desprecio, al contrario, bienvenidos son. Pero nadie me da facilidades para poder dedicarme a mis hijos con cierta calidad... Eso sería el plus. No el dinero. Y no puedo quejarme, porque, al menos, me dan algo.
¡Buena conciliación familiar!
Mercedes Martel
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Mercedes Martel
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He coincidido un tiempo con la Princesa Letizia en su último trabajo y la traigo a colación porque recuerdo especialmente una charla con ella.
Nos encontramos y como yo estaba embarazada salió el tema de la maternidad y los niños. Sin yo preguntarle, me habló de su sobrina, hoy huérfana. Su sobrina debía tener entonces un par de años, si no calculo mal. Hablaba de ella con verdadera ilusión... como sólo habla alguien que le gustan mucho los niños y desea ser madre. Me impactó su manera tan cariñosa de hablar de una sobrina. Debió de ser una tía muy cercana, muy tía.
A mí me preguntó cómo llevaba el embarazo, porque yo estaba trabajando hasta las 3 de la madrugada con el bombo. Charlamos un poco y no recuerdo el final de la conversación exactamente, pero me quedé con que ella quería ser madre y estaba preocupada con que se le pasara el tiempo bueno para serlo. Yo, -qué me iba a imaginar su destino-, le dije que no tuviera prisa, que todavía era joven y que aprovechase su momento profesional.
No me hizo ni caso y me alegro por ella. Al poco tiempo saltó la noticia de su noviazgo con el Príncipe Felipe y no tardó mucho en ser madre. Y una feliz madre. Enhorabuena Letizia. Cumpliste tu deseo y espero que lo disfrutes.
Es tan sólo una anécdota, pero para mí dice mucho de una persona. Que en su pleno apogeo profesional pensara en ser madre.
Lo que seguro no se imaginaba es que iba a ser madre y reina. Cosas de la vida. Yo no me imaginaba siendo madre, y sí reina de la soltería, del mundo, viajando, buscándome la vida con una mochila... Y soy madre y la reina de mi casa. Hasta que abdique, que últimamente lo tengo en mente. Me pesa demasiado la corona de madre o no sé llevarla. O igual tengo que descargarla de ornamenta y piedras. O soy un poco mayor. O mi pequeña tiene una edad que no para y me consume... O no he aprendido todavía bien la práctica de ser madre ... O un poco de todo.
Cuando veo a la Princesa con ese buen aspecto, tan arregladita y cuidada, tan sonriente siempre, tan mona... sinceramente prefiero no hacer comparaciones, que son odiosas. A mí me ha vuelto a salir en el bigote el pelo negro solitario y traidor, pero he conseguido ir a la pelu. Gran logro. Pero madres como Letizia acomplejan, porque la mayoría ni nos recuperamos tan bien, ni estamos tan estupendas siempre. Al menos yo. Larga vida a las madres princesas, a las madres reinas, a las reinas de su casa, a las destronadas, a las que se quedaron sin corona y a las que están hasta la coronilla... ¡Qué vivan las madres! Bueno, y los padres. Los que ejerzan de verdad. Es que desde que soy madre me he vuelto un poco feminista agresiva y me doy cuenta que ninguneo a los hombres en la paternidad, cuando se tratará de integrarlos... digo yo.
Ahora sí... adiós madres, padres y cualquier lector despistado que “caiga” en este monólogo de madre con mucho corazón, hormonas y pocas neuronas. Que adiós.
Mercedes Martel
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Mercedes Martel
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Estoy tocando el cielo. Es sábado por la mañana y ¡estoy sola!. Sin niños, tranquila, frente a mi ordenador, ¡pensando en mí!. Uno de esos momentos milagrosos. Y, además sin sentir el martillo de la ansiedad pensando que vienen pronto y se me acaba mi momento... Bueno, he de confesaros que un poco de presión siento mientras escribo estas líneas.
Mi pequeña está abajo con la cuidadora... ¡Y no pasa nada!. Mi hijo mayor, con su padre... ¡y no pasa nada!. Hasta me he maquillado antes de salir, algo inaudito en los últimos tiempos, en los que salgo facialmente desdibujada.
Respiro profundamente para ver si el aire me da más tranquilidad y consigo que al expirar se vayan esos restillos de culpabilidad que siento por no estar con ellos, con lo más precioso que tengo. Que en realidad no tengo, porque los hijos no son nuestros, en el sentido de pertenencia. Parece algo obvio, pero muchas madres nos creemos que nos pertenecen, que podemos decidir por ellos. Y debemos decidir por ellos cuando son pequeños, pero según crecen se van desvinculando, hasta esa época en la que somos “muy pesados” y queremos “controlar” sus vidas, si ya son adultos. Entonces nos damos cuenta de que no son “nuestros”, aunque nos cueste creerlo.
Siempre he dicho que tener hijos, es uno de los actos más generosos. Porque después del tremendo de esfuerzo de darles la vida, cuidarlos, atenderlos... ellos hacen su vida y se van en cuanto pueden. Es una faena maravillosa.
He escrito estas líneas en hora de ejercicio de madre y ¡no ha pasado nada!. Es más, después de dedicarme un rato a mí, a la escritura, me siento mejor y con más ganas de estar con ellos. Uy, se me ha colado otro suspiro que pretendía combatir este inevitable sentimiento de culpa que sufro cuando no estoy con mis hijos. Hay madres que no se sienten mal por no estar con ellos, por salir, por dedicarse tiempo a estar solas, a divertirse...
Último suspiro y última frase, porque ya he practicado esto de mujer y persona unos minutos y ahora me voy a buscar a mi pequeña, que no puedo máaaaas!! Suena el telefonillo. Es ella. Hasta otra.
Mercedes Martel
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