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¡Qué sueño! No podía mantener los ojos
abiertos. Había estado toda la noche en vilo. Ya sabía por qué me habían dado
aquel caramelo y estaba demasiado excitada. Llegué al trabajo en un estado
pésimo y no había café suficiente que me despertara. Resistí como
pude mi jornada laboral, aplicando todas las técnicas posibles de concentración.
¿Yo?... ¿Me habían elegido a mí? Pero si me sentía como una sombra en aquella
jungla de cámaras. Se lo conté a mi compañera de mesa. Pues tú, precisamente tú,
eres la menos adecuada... Te falta peso para presentar, en mi opinión. ¿Tú que
sabes?, pensé, y le respondí con un simple, soy rubia y la cámara
me quiere. Ya no compartí más la noticia para evitar comentarios
malignos, envidiosos y desestabilizadores como el de mi colega.
Aunque seguía pareciéndome extraño, acepté el reto.
Entonces, como por arte de magia, me crecí en mi nuevo papel. No
era la mejor plataforma para triunfar, pero sí un gran paso profesional. Sobre
todo, después del ostracismo al que había estado sometida. Tenía que presentar
un programa de cultura que se emitía ya muy entrada la noche, con muy poca
audiencia. Estaba tan asustada, que prefería me viera menos
gente. En sólo dos semanas me encontré sentada en un alto taburete
de diseño color azul pitufo, en un escenario virtual, hablando de libros, de
cine y de música. La emisión cero fue correcta. Nadie me dijo nada e interpreté
que lo había hecho bien. Poco a poco me fui creciendo en mi nuevo
rol de presentadora de noticias culturales y superé los miedos escénicos. Empecé
a sentarme en ese taburete de diseño color azul pitufo llegando a parecer una
periodista experimentada. Y en esa fase creciente de mi vida
profesional estaba, cuando me ofrecieron otro caramelo. Uno de los grandes.
Llegó una tarde de viernes. Salía de la grabación del
programa y me estaba desmaquillando, cuando recibí la llamada al móvil.
¿Federica Rampante? Sí, soy yo, contesté mientras daba la enésima pasada para
liberarme de la maldita máscara de pestañas. Buenas tardes, soy John
Malone, director de programas de la BBC en español... Se me disparó
el corazón. Dígame Sr Malone, respondí hiperventilando. Estamos proyectando una
serie de televisión, realidad y ficción, muy innovadora, una aventura... y usted
tiene la imagen perfecta...
Maletas y a Londres con el taburete azul pitufo, que ya tenía
muy dominado y no se me tambaleaba. El primer mes fue duro. Trabajar en otro
idioma y con otra gente. Al ser un proyecto nuevo, la dirección estaba muy
implicada y no se descuidaba ni la raya de mi pelo. Lo que fue más agobiante. Al
final, era un reality en toda regla, pero con vocación más "seria", la
seriedad que puede tener un progama así. Simulando el barrio de una gran ciudad,
habían elegido a vecinos provisionales de todo el mundo. Árabes, chinos,
australianos, indios, rusos, filipinos, eslavos, africanos... que vivían puerta
con puerta, coincidían en el ascensor, en el súper o en el autobús. Algo que ya
conocemos en Madrid, pero más intenso y en menos metros. Y yo, en medio de esta
especie de naciones unidas casera, subida en mi taburete azul pitufo. Fue muy
intenso. Demasiado. La Alianza de las Civilizaciones es para los políticos. Si
ya cuesta moderar a políticos de una sola nación en un debate, hacerlo con
ciudadanos y de varias es una auténtica locura. No sé cómo logré dominar aquella
algarabía. Pero el programa fue saliendo y con éxito. Lo criticaban, luego
existía. Yo, sentada en mi taburete azul pitufo, seguía jugando bien a ser
presentadora.
No había pasado un mes con el proyecto de la BBC y ¡me
paraban por la calle!. La colonia española me reclamaba para todo
tipo de eventos y actos. Me convertí en una esnob profesional. Me
creí el papel de actriz presentadora y me volví engreída.
Mi colega, la presuntamente envidiosa, vino a verme a Londres. Me
admiraba, me confesó. Me brotaron amistades como setas y todo el mundo me hacía
la pelota. Era alguien. Ya no estaba en la sombra. Y todo este
éxito repentino y sin padrino no pudo llegarme sólo por ser rubia. Digo yo.
Pero, por si acaso, ya no me quito las mechas rubias... ¡ah! Y me he
comprado varios taburetes color azul pitufo para distribuir en mi casa.
MERCEDES MARTEL
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